COMPAÑÍA DE JESÚS (LABOR FILOSÓFICA EN AMÉRICA). Las primeras misiones de la Compañía de Jesús al Nuevo Mundo llegaron al Brasil en 1549, al Perú y a la Florida en 1566 y, finalmente, a la Nueva España en 1572. Cuba, a pesar de ser el paso obligado hacia la Nueva España, no contó con establecimiento jesuita sino hasta 1722, aunque desde 1705 existía una ermita atendida por miembros de la Compañía. Un siglo antes, la pujante provincia mexicana había fundado en Colombia (1603) y en Guatemala (1606).

            Es posible que los muchos años transcurridos desde el desembarco de Colón basten para explicar una de las características más desconcertantes de las obras jesuitas. No hay en ellas ningún interrogante teológico ni filosófico respecto a la aparición de un nuevo continente; el problema del origen de los indios les es totalmente ajeno y tampoco les atormenta el hecho de que los indios hayan vivido más de quince siglos sin conocer el Evangelio. Su actitud no puede ser más pragmática: existen unas tierras nuevas, pobladas por gente diferente, y la tarea que la Compañía ha aceptado es incorporar a este continente y a sus habitantes a la civilización. Pero no hay cuestionamiento alguno acerca del porqué de las diferencias o semejanzas entre unos hombres y otros. Las escasas noticias que sobre los indios ofrecen estas primeras relaciones lo mismo podrían aplicarse a cualquier otro pueblo de misión. Son verdaderos clichés, menciones hechas de paso que, desde luego, no hacen referencia a ningún tipo de experiencia. Aceptan sencillamente la visión providencialista de la historia y no intentan explicar el sentido de los ocultos designios de Dios a los hechos. Por ello puede decirse que los jesuitas no se enfrentaron a una problemática nueva, sino que su quehacer filosófico transcurrió por la usual vía académica, es decir, desarrollaron su labor filosófica principalmente como maestros de filosofía en su colegio y sólo años después en la universidad, de Lima o de México.

            Por otra parte, el Papa había concebido a los colegios de la Compañía cátedras de facultades mayores, aun en los lugares en que hubiera universidad. Esto llevó, cuando menos en la ciudad de México, a un enfrentamiento entre los jesuitas y la universidad que se rehusaba a reconocer los estudios hechos en tales colegios. Finalmente, en 1579, una orden de Felipe II puso fin al conflicto entre ambos establecimientos. Sin embargo, a pesar de que sus miembros tomaban parte en los actos públicos organizados por la universidad y de que los dos filósofos jesuitas que más fama alcanzaron –Rubio y Ortigosa– recibieron el grado de doctor en la universidad, la Compañía no aceptó tener cátedra en ella, “por temor –según dice un historiador moderno– de que se introdujeran en los suyos la ambición o las competencias en la oposición de cátedras” (Decarme, 1941: 140). De hecho, en México, los jesuitas no pertenecieron al claustro universitario sino hasta 1723 cuando se creó una cátedra Suárez que debía ser leída por uno de ellos.

            En consecuencia, su labor filosófica, en cuanto a la enseñanza, se limitó a los Colegios Máximos de Lima y México. Recuérdese además que la Ratio Studiorum, cuya versión definitiva se aprobó en 1599, obligaba a todos los colegios a enseñar las mismas doctrinas siguiendo los mismos métodos. Así, las diferencias que pueden encontrarse en los distintos tratados filosóficos que los jesuitas escribieron para sus cursos se deben a la mayor o menor pericia del autor para exponer los problemas. También debe tenerse en cuenta que por entonces era poco frecuente hacer de la filosofía una carrera o especialidad, ya que se estudiaba como introducción a la teología durante tres años (curso de Artes) y no pasaba de ser una enseñanza elemental. La profundización de los temas se dejaba para el curso de teología.

            Es importantes hacer notar que la escolástica que llegó al Nuevo Mundo fue una escolástica renovada que no había echado en saco roto los trabajos de Erasmo y Vives en cuanto a la fidelidad de los textos, ni las criticas a la escolástica decadente. Sus ediciones y traducciones corrigieron una gran parte de la tradición y además, dado que muchos de los pensadores empeñados en esta revisión eran españoles (Vitoria, Cano, Soto, Báñez y, más adelante, Vázquez y Suárez), lo que se estudiaba tanto en la universidad como en los colegios era una metafísica renovada de la cual, sin embargo, se excluían las “nuevas ciencias”.

            En consecuencia, los profesores jesuitas repensaron a Santo Tomás y con él a Aristóteles. Se afanaron porque el curso sobre Aquitense fuera un verdadero comentario que “declare [su] sentido... y en el cual se defiendan y apoyen sus opiniones... y se concuerden los diversos lugares” (Monumenta mexicana, V: 194). Desde luego, había que evitar nuevas opiniones o inventar nuevas doctrinas. La enseñanza debía ajustarse al “Sentido y tradiciones de la Iglesia” y de ninguna manera menoscabar “la fuerza de la fe y de la verdadera y sólida piedad” (Monumenta mexicana, IV: 213). A pesar de esta aparente cortapisa (o quizá precisamente por ella) el curso completo de filosofía aristotélica, escrito por Antonio Rubio en la Nueva España e impreso en Europa (1605-1615), se convirtió en el texto usado en los colegios y universidades europeos de los territorios católicos.

            Quizá la mejor prueba de la situación inferior que guardaba la filosofía sea el prefacio que el propio Rubio puso a la reimpresión de su Lógica (hecha en Colonia en 1605 con el titulo de Lógica mexicana por el lugar en que fue escrita): “se me ocurrió volverme niño, por así decirlo, y volver a ocuparme de las materias que ordinariamente son la iniciación y aprendizaje de las demás” (Osorio Romero, 1988: 95). A lo que agrega que quienes lo rodean no han podido menos que extrañarse de que un hombre maduro, “ocupado en estudios más importantes”, repitiera los cursos de filosofía. Como puede verse por la aceptación general de este texto, La Compañía mantenía en sus cursos de artes una plena uniformidad y un apego total a la filosofía aristotélica.

            Para mediados del siglo XVII, la situación cambiaría un tanto, pues la influencia de Gabriel Vázquez y Francisco Suárez se hizo sentir en toda la Compañía. Con ellos entró tanto el probabilismo como el congruismo en todos los colegios. Aún así, existen cartas del propósito general, Claudio Acquaviva, al provincial del Perú, recomendándole que los cursos de los colegios sigan fielmente la doctrina suarista.

            La reforma verdadera de los estudios sólo habría de iniciarse en el siglo XVIII. Esta renovación –término quizá más conveniente que el de reforma– empezó por promover el estudio de algunas lenguas modernas, en especial del italiano y del francés. En filosofía se estimuló la vuelta a los grandes autores antiguos, a los que se debía añadir el estudio de las ciencias como tema aparte, ya que fueron muchos los jesuitas convencidos de que con ello no se tocaba la verdad de la fe. Así, se dieron a la lectura de Descartes, Gassendi, Newton y Leibniz, si bien no dictaron cursos sobre ellos, a no ser alguno sobre la física de Descartes, una vez expurgada de las composiciones que se consideraron erróneas. El propio Lorenzo Ricci, en carta del 6 de agosto de 1764 a todas las provincias españolas, insistía en que los jesuitas debían entregarse al estudio de las matemáticas, la física experimental y la historia. Con ello, se hacia una distinción clara y especifica entre la filosofía propiamente dicha y las ciencias. Y en ello estaban cuando Carlos III los expulsó de todos los reinos (1767), siguiendo el ejemplo de Portugal (1759) y Francia (1762).

            En resumen, puede decirse que la labor filosófica de la Compañía conoció tres momentos: la exposición de la escolástica renovada del siglo XVI que dará paso, a partir de las Disputationes metaphysicae de Suárez, a una interpretación jesuita de la tradición filosófica cristiana, opuesta tanto a la tomista como a la scotista, y finalmente a la aceptación de una separación clara entre el quehacer filosófico y el científico. La supresión de la Compañía (1773-1814) y la consiguiente dispersión de sus miembros hacen imposible decir qué frutos hubiera podido dar esta nueva postura.

 

            Astráin, A. Historia de la Compañía de Jesús en la asistencia de España, Razón y Fe, Madrid, 1916. Decorme, G. La obra de los jesuitas mexicanos durante la época colonial, Robredo, México, 1941. Gallegos Rocaful, José M. El pensamiento mexicano en los siglos XVI y XVII, UNAM, México, 1951. Meneses, Ernesto. El código educativo de la Compañía de Jesús, Universidad Iberoamericana, México, 1988. Monumenta mexicana, (ed. De F. Zubillaga), Instituto de Historia S. I., Roma, 1956-1981. Monumenta peruana, (ed. De A. de Egaña), Instituto de Historia S. I., Roma, 1954-1981. Osorio Romero, I. Antonio Rubio en la filosofía novohispana, UNAM, México, 1988.

 

            (Véase: Escolástica, Filosofía colonial, Filosofía cristiana, Lógica colonial, Milenarismo, Providencialismo).

 

(ECF)