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No hay acuerdo que permita ofrecer una definición sobre lo que ha
de entenderse por comunicación alternativa. La situación se complica, sobre
todo, cuando se trata de precisar lo específico de lo alternativo. ¿Está esto
determinado por los contenidos, los instrumentos, la emisión, la voluntad de
cambio, la oposición al poder, etcétera?
Con todo, se puede decir que la comunicación alternativa lleva consigo
algunas marcas o rasgos que le son propias: lo alternativo del proceso en relación
con la comunicación dominante, su inserción en lo político con objetivos
democráticos y su voluntad de cambio social. Desde ahí, y en forma por demás
provisional, podría adoptarse como definición aquélla que la refiere a todo
“proceso animado por la acción de los comunicadores que, a partir de una opción
definida dentro del espacio de los conflictos sociales, emerge como espiral,
desde el polo nacional popular, conformando respuestas diversas ante las formas
dominantes creadas por el capitalismo en su fase transnacional” (Reyes Matta,
1983: 240) y ahora en su nueva fase globalizada.
Una comprensión más cabal del término es posible si se rastrea su génesis.
Los llamados medios de comunicación aparecen en los países del norte
industrializado y fueron conformándose, desde sus orígenes, como monopolios.
Su avance vertiginoso se consolidó en la década de los sesenta. La sociedad de
masas había cobrado ya carta de ciudadanía. Surgió entonces la llamada
industria cultural denunciada, entre otros, por los teóricos de la Escuela de
Frankfurt: Adorno y Horkheimer.
Los críticos del esquema de Harold D. Lasswell, al que se ceñían la
elaboración y la emisión de los mensajes, consideraban que los primeros eran
mensajes-mercancía y los segundos impedían la participación y la interacción
por su verticalidad y unidireccionalidad. Con esto, los medios en poder de la
industria cultural eran considerados como instrumentos para la manipulación de
las conciencias y el control de los comportamientos. En ellos no cabían todas
las voces. Amplios sectores de la sociedad se sentían excluidos: los grupos críticos
y antiautoritarios de los países del norte y las amplias mayorías en los países
del sur.
La denuncia del modo de operar de los medios se concretó en una
corriente teórica, nunca unitaria por lo demás, y en numerosas experiencias de
comunicación “otra”. Se buscaban vías teóricas, modos prácticos y medios
eficaces para romper con el esquema autoritario y crear otro de corte democrático,
que propiciara la participación y la interacción de los sujetos involucrados
en procesos de comunicación.
Bajo la denominación de comunicación alternativa se esconden otras que
no por menos usadas pueden considerarse menos convincentes: comunicación
“otra”, participativa, horizontal, democrática, liberadora y aun la que se
ha dado en llamar comunicación popular. Sin ser exactamente lo mismo, cada una
de estas formas de comunicación se entrecruzan y se separan en algunos puntos,
pero todas ofrecen una alternativa al modelo de comunicación dominante que
priva en los medios. El zamizdat en los países del este europeo, el dazibao en
China, las radios libres en Europa occidental, la producción underground en
Estados Unidos, son ejemplos, entre otros, de comunicación alternativa.
En nuestra América, la comunicación alternativa va más allá de lo
contracultural; expresa, más bien, la concreta situación histórica de estos
países y la diversidad de sus culturas populares. De ahí, la importancia que
cobró en la gran mayoría de los estudios sobre comunicación alternativa la
categoría de clase social. La propuesta que subyace en cada una de las
anteriores denominaciones manifiesta que aquí lo alternativo ha expresado la
voluntad de, en palabras de Armand Mattelart, “devolver el habla al pueblo”.
Han estado vinculadas al movimiento popular a través de la Educación-Comunicación
Popular a partir de la pedagogía de Paulo Freire o de la metodología del ver,
pensar y actuar. La prensa, el cine, la radio y últimamente el video y la
computadora han sido instrumentos utilizados con maestría por los sectores
populares. Una más de las utopías justicieras de esta parte del mundo.
La imprecisión conceptual sobre la comunicación alternativa ha
propiciado que en muchas ocasiones se haya hablado no con el pueblo y desde el
pueblo, sino para el pueblo; se ha repetido así el esquema autoritario con
rasgos paternalistas. Por otra parte, la ausencia de organicidad de estas
experiencias, al menos en Nuestra América, les ha restado fuerza y eficacia.
Los cambios radicales, con nuevos sujetos sociales, surgidos a partir de
la segunda mitad de los ochenta, han llevado a algunos teóricos a buscar nuevas
estrategias y vías de estudio sobre la comunicación. Ésta es, sobre todo, un
hecho cultural y, por tanto, toda práctica comunicativa ha de vincularse con
los movimientos sociales. No sólo existe el medio, sino también las
mediaciones que influyen en el modo de recepción. Esto hace que en el polo de
la recepción haya resistencia a los mensajes, pero también complicidad.
Asociación
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(Véase: Democracia, Resistencia,
Utopía, Neoliberalismo).
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