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La connotación del concepto de dependencia al cual explícitamente nos queremos
referir, apunta al carácter históricamente dependiente de América Latina
respecto a los centros hegemónicos en la historia del capitalismo mundial, del
cual han dado testimonio, desde la década de los sesenta, un conjunto de científicos
sociales de la región, y cuyas obras han sido en conjunto denominadas, no
siempre socorridamente, como “teoría” de la dependencia, o
“dependentismo”, que es el término utilizado por el Diccionario UNESCO de
Ciencias Sociales, para explicar el uso del término dependencia en las Ciencias
Sociales latinoamericanas.
Para rastrear sus antecedentes conviene efectuar un breve examen. Según
el Diccionario UNESCO de Ciencias Sociales el término “Dependencia”, etimológicamente,
deriva del latín dependeo, y significa pender o estar colgado de. El uso vulgar
de la palabra refiere a las relaciones de subordinación y sometimiento más o
menos voluntarias. Por lo que corresponde a las Ciencias Sociales, el citado
Diccionario hace referencia: a) al ámbito “Psíquico-fisiológico” como sinónimo
de habituación; b) al “Psíquico-sociológico”, referido a la necesidad de
relaciones sociales que existen en los infantes, y su importancia en el estado
inicial de dependencia en los mismos, según T. Parsons; c) al económico, que
supone la dependencia de las personas carentes de medios que son asistidas a
través de la seguridad publica o privada, a la norma que regula la patria
potestad o la tutela y, finalmente, a la situación de la cual proviene la
llamada “razón de dependencia” en la senectud. Por otra parte, es también
considerada la dependencia que deriva de la propiedad privada de los medios de
producción, y que genera una relación de dependencia recíproca entre el
trabajo asalariado y el capital. Igualmente, se habla de dependencia o
subordinación, respecto a las relaciones señoriales cuando los estudiosos
(historiadores y sociólogos) se refieren al Medioevo; o en los estudios del
esclavismo antiguo o patriarcal de los siglos XVII Y XVIII en Norteamérica.
Desde luego que el término dependencia, también se ha utilizado en el
esclarecimiento de las relaciones entre metrópolis y países coloniales, que no
sólo se observa en el plano económico, habiéndose extendido al político,
cultural y militar, y que inciden en el problema de la soberanía interior y
exterior de los estados nacionales de América Latina, África y Asia, y también
en el nivel de la soberanía de los pueblos frente al Estado (soberanía
popular). Finalmente, el Diccionario citado explica la connotación que la
palabra dependencia tiene en la esfera Lógico-filosófica, mediante un epígrafe
de Ñaragueta que a la letra dice: “la condición de un ser o de un valor
determinado por otro”, y que define la situación en la que un ser puede
“estar” con dependencia “formal”.
Una buena parte de las criticas vertidas al uso del término dependencia
en la definición sociológica, económica, política y cultural de la historia
de América Latina ha echado mano de recursos filológicos y precisiones semánticas,
con el fin, ya sea de comprender o desmontar el significado preciso del término
en los enfoques dependentistas. Ejemplo de ello es la critica de Jorge Castañeda
y Enrique Hett, en su obra: El economismo dependentista, en la que se
cuestionan, desde una óptica influida por el marxismo estructuralista, los
supuestos epistemológicos implícitos en el dependentismo y que, según los
autores, el uso recurrente e indiscriminado del concepto, en ausencia de una
definición previa del mismo, produce un efecto de lectura a través del cual
las estructuras que dan origen y reproducen la dependencia latinoamericana
generan un círculo eternamente repetitivo que termina por negar la historicidad
de la región.
Por ello, vamos a referirnos al contexto, la génesis y uso del concepto
en los principales representantes del dependentismo, así como a las objeciones
y el debate que tal vertiente de pensamiento produjo en la reflexión de las
formaciones económico-sociales latinoamericanas.
En el horizonte del pensamiento latinoamericano, destacan la Comisión
Económica para América Latina (CEPAL) que emerge en 1948, y una vertiente
dentro del marxismo que surge en los años sesenta estimulada por el triunfo de
la revolución Cubana, como las principales visiones que, a lo largo de tres décadas,
orientaron el debate en el análisis de las sociedades latinoamericanas.
Los temas convergentes de ambas vertientes de pensamiento fueron: la idea
de que el capitalismo es un sistema mundial y que tiene una innegable incidencia
en la reflexión sobre América Latina; el desarrollo y el subdesarrollo como
las caras invertidas de un mismo proceso: la acumulación capitalista a escala
mundial, y finalmente, la especificidad del capitalismo latinoamericano frente a
otras latitudes del capitalismo mundial.
Originalmente, las investigaciones de la CEPAL sobre el comercio
internacional, particularmente aquéllas que se refieren al período de la
llamada economía “primario exportadora”, o de “desarrollo hacia
afuera”, desde mediados del siglo XIX hasta los años treinta del XX,
redefinieron las ideas predominantes respecto a las transacciones
internacionales. En ese marco, destacó el énfasis en los efectos negativos que
para la región generó el llamado proceso de “deterioro de los términos del
intercambio”. Por entonces, autores como el brasileño Celso Furtado y el
chileno Aníbal Pinto hablaban ya de “dependencia” externa. Sobre la base de
ese elemento critico, la CEPAL desarrolló toda una estrategia encaminada a
lograr, por la vía de la industrialización observada en la región a partir de
los años treinta y cuarenta, una transformación estructural de las sociedades
latinoamericanas que, al transformar las tradicionales estructuras agrarias,
produjeran el desarrollo de un capitalismo industrial moderno, autónomo y
autosostenido.
A partir de los años sesenta, cuando los resultados arrojados por el
proceso de industrialización de nuestras economías no fueron los esperados,
apareciendo nuevos problemas como por ejemplo el de la marginalidad, la CEPAL
pasará a considerar, como aspecto central de sus propuestas, la cuestión de
las reformas y fórmulas que coadyuvaran a romper los cuellos de botella que
obstruían el crecimiento y la distribución equitativa del ingreso.
Sin embargo, el triunfo de la revolución Cubana pondrá en la mesa de
discusión una nueva fórmula para resolver los problemas de creación y reparto
de la riqueza, teniendo en su momento un gran impacto en las esferas políticas,
técnicas e intelectuales de los países latinoamericanos.
Fue así que el encuentro del desarrollismo y el marxismo en torno a los
problemas descritos, estaban motivados por intereses cognoscitivos y
orientaciones políticas diferentes, lo que a la postre producirá conclusiones
no sólo distintas, sino en momentos contrapuestas.
Ahora bien, junto al impacto de la revolución Cubana, el golpe de Estado
dado por las fuerzas armadas en el Brasil de 1964, y la contrainsurgencia
golpista que se generaliza a lo largo de la década de los setenta en la mayor
parte de los países del cono sur, orientó a los intelectuales, sobre todo de
orientación marxista, a confrontarse no en forma exclusiva con las tesis de la
CEPAL, sino a producir también una enconada discusión al interior de la
intelectualidad vinculada a la izquierda latinoamericana; sobre todo respecto a
los problemas derivados de la crisis del capitalismo y sus secuelas: el fracaso
de las políticas desarrollistas, la crisis de la estrategia planteada por los
partidos comunistas en la región, la inviabilidad del nacionalismo burgués y,
como resultado de todas esas estrategias fallidas, los procesos de
contrainsurgencia en buena parte del subcontinente. Antecedentes prácticos de
tales replanteamientos fueron: el surgimiento de nuevas organizaciones de
izquierda influidas por la revolución Cubana, cuyos planteamientos eran
abiertamente radicales; la difusión en tales organizaciones de la obra del Che
Guevara; la exaltación de la lucha armada como única vía para fundamentar el
principio maximalista del derrocamiento del capitalismo y la instauración del
socialismo; la crítica de la táctica y estrategia de los partidos comunistas
(llamados por muchos voceros del dependentismo marxista como izquierda
tradicional), cuyas tesis se basaban en un colaboracionismo de clases con los
sectores nacionalistas de la burguesía, y que se expresaban en el apoyo dado a
buena parte de los regímenes populistas instaurados en algunos países del
subcontinente.
Al interior del marxismo, los términos de la discusión se centraron en
reflexiones confrontadas respecto a la caracterización del capitalismo en América
Latina. En las tesis de los partidos comunistas predominaba la idea de
interpretar –se decía– dogmáticamente el desarrollo histórico de América
Latina, sobre la base de la visión clásica del marxismo acerca de la transición
del feudalismo al capitalismo en Europa y su necesaria mediación: la revolución
democrático-burguesa. Contrariamente, el dependentismo marxista sostenía que,
en América Latina, la revolución democrático-burguesa “antifeudal” no era
una mediación necesaria para la ulterior realización del socialismo. Por
tanto, se afirmaba que en aquellos países en los que se habrá entronizado el
nacionalismo burgués, éste estaba condenado desde el principio al fracaso,
dado el carácter integracionista de las burguesías nativas al imperialismo
norteamericano a partir de los años sesenta; de tal suerte, reformismo y
colaboracionismo eran vistos como resultado de una concepción errónea de las
condiciones concretas bajo las cuales se habrá desarrollado el capitalismo
latinoamericano, y las formas específicas en las que por entonces se expresaba
la lucha de clases en los países dependientes.
El
primer autor que, sin ser militante de izquierda ni formado en el marxismo,
intentó dotar de una expresión teórica a tales planteamientos políticos fue
Andre Gunder Frank. Recurriendo al concepto de “excedente económico”
desarrollado por Paul A. Baran, Frank pretendió demostrar que, desde la
conquista hasta la segunda mitad del siglo XX, pasando por el período colonial
y “neocolonial”, el capitalismo existe desde entonces en América Latina,
toda vez que el “sistema de explotación capitalista” es una unidad mundial
y, en consecuencia, dicha unidad mundial y sus expresiones nacionales han
producido simultáneamente el desarrollo y el subdesarrollo. Las tesis de Frank
negaban así dos ideas que habrán predominado en los partidos comunistas y en
los teóricos desarrollistas, respectivamente: los argumentos de quienes sostenían
la existencia de un supuesto tránsito del feudalismo al capitalismo en América
Latina y la imposibilidad de que las burguesías nativas –por su propia
naturaleza de burguesías subordinadas– eran incapaces de sostener un proyecto
“nacionalista-democrático-burgués”, dada la integración dependiente entre
centro-periferia.
Posteriormente, los autores más sobresalientes que se ocuparon de la
reflexión sobre los problemas del capitalismo dependiente fueron: Fernando
Henrique Cardoso, Enzo Faletto, Theotonio Dos Santos, Vania Bambirra y Ruy Mauro
Marini, entre otros. Cardoso y Faletto en su obra Dependencia y desarrollo en
América Latina, publicada en 1969, no obstante de ser un intento importante
en la construcción de un modelo que explicara las determinantes fundamentales
de la dependencia latinoamericana, acusaba un tinte inclinado,
predominantemente, a la explicación sociológica y carente de una concepción
rigurosa del imperialismo norteamericano y, simultáneamente, un marcado
eclecticismo delatado por la utilización desmedida del lenguaje desarrollista.
Así, para los más radicales dependentistas de la época, el trabajo de Cardoso
y Faletto representa un claro retroceso respecto a las tendencias críticas que,
por entonces, ya mostraban las Ciencias Sociales en América Latina. Ejemplo de
ello son las primeras tesis de Frank, publicadas en 1967, y el ensayo de Marini Subdesarrollo
y revolución, que vio por primera vez la luz en 1968, textos publicados con
anterioridad al trabajo de Cardoso y Faletto.
En 1967, Theotonio Dos Santos en su ensayo El nuevo carácter de la
dependencia, y en Crítica de los supuestos de la teoría del desarrollo,
publicada en 1969, mostraba –a nivel estricto del análisis económico– la
importancia que, después de la segunda posguerra, revestía el proceso de
monopolización de la economía norteamericana y la incidencia que ese proceso
tenía en las economías latinoamericanas a través de las empresas
multinacionales. Tal análisis permitía así adelantar nuevos aportes para la
clarificación del concepto de dependencia.
Por su parte, Vania Bambirra en su libro: El capitalismo dependiente
latinoamericano, publicado en 1975, propuso un análisis tipológico para la
caracterización del proceso de industrialización en América Latina. En un
primer tipo, Bambirra agrupaba a aquellos países cuya industrialización habrá
sido producto del crecimiento y diversificación del sector agrario-exportador.
En un segundo tipo, se consideraba a los países cuya industrialización se habrá
dado sobre la base del proceso de integración imperialista después de la
segunda posguerra. Para tal efecto, la autora recurrió al concepto de
dependencia propuesto por Dos Santos y al de subimperialismo, utilizado por
Marini en su caracterización del capitalismo brasileño de fines de los años
sesenta y a lo largo de los setenta.
Sin embargo, fue Ruy Mauro Marini quien planteó, por primera vez, desde
una óptica estrictamente marxista, los elementos para la construcción de una
teoría marxista de la dependencia, en la cual analizó la forma en que se
especifican las leyes tendenciales del desarrollo capitalista en la región. Así,
las leyes del capitalismo dependiente expuestas por Marini en Dialéctica de
la dependencia, texto publicado en 1974, son las siguientes:
1. América Latina se integro plenamente al mercado mundial después de
los movimientos de independencia. Ese período corresponde al desarrollo de la
revolución industrial en Inglaterra, consolidándose, a partir de entonces y
sobre bases sólidas, la división internacional del trabajo, en la cual
Inglaterra se especializa en la producción manufacturera, y los países
dependientes en la producción de materias primas y alimentos. Tal integración
de América Latina al mercado mundial configurará una estructura productiva
particular en la región que se consolidó en la etapa de la economía
primario-exportadora, propiciando desde entonces un intercambio desigual entre
los países dependientes y los industriales.
2. En ese horizonte, la contribución de América Latina al desarrollo
del capitalismo europeo, y la dilaceración resultante del intercambio desigual,
obligó a las clases dominantes de los países dependientes a buscar mecanismos
compensatorios. Pero incapaces de poder hacerlo a través del mercado mundial, o
mediante el aumento de la productividad del trabajo, lo hicieron por medio de la
explotación extensiva e intensiva de la fuerza de trabajo en nuestras economías
(superexplotación) ; de tal suerte que en América Latina el trabajador ha
contado como productor y, secundariamente, como consumidor. Con ello se fueron
creando dos esferas de consumo: la esfera alta que se conecta con el comercio de
importación de manufacturas, y cuyo consumo suntuario está constituido por las
clases dominantes; y la esfera baja, constituida por el consumo de los
trabajadores.
3. Con la industrialización de las economías dependientes se reprodujo
la misma forma de circulación que caracterizó a la economía exportadora
(esfera alta y esfera baja), pero con la diferencia de que ahora las dos esferas
se centraron en la existencia de sectores internos, reproduciéndose así en una
forma especifica la superexplotación del trabajador y acentuándose al máximo
las contradicciones inherentes al régimen capitalista de producción.
4. La redefinición de la división internacional del trabajo, después
de la Segunda Guerra Mundial, en cuyo marco se transferirán a los países
dependientes etapas anteriores de la producción industrial, reservándose los
centros imperialistas, las etapas más avanzadas y el monopolio de la tecnología
correspondiente, propiciará que las nuevas tecnologías se concentren en los
sectores que producen bienes suntuarios y sea desestimada la producción de
bienes-salarios. Ello propiciará que la economía latinoamericana comience a
experimentar problemas de realización, y la consecuente compresión de los
salarios, con el fin de transferir poder de compra de la esfera baja hacia la
esfera alta.
Como podrá observarse, en la década de los sesenta y setenta, el tema
predominante del debate político-intelectual en América Latina fue el de la
revolución. La problemática de la región caracterizada entonces por un
profundo estancamiento en el marco de una estructura social tradicional y,
simultáneamente, una creciente movilización popular, fue interpretada como una
situación pre-revolucionaria. El debate político-intelectual giraba entonces
en torno a la cuestión de la dependencia, sea en una interpretación histórico-estructural
de aquélla y de las constelaciones socio-políticas en los diversos países
(Cardoso y Faletto); sea en las versiones programáticas que planteaban la ahora
falsa disyuntiva “socialismo o fascismo”, como la alternativa de las
sociedades latinoamericanas (Theotonio Dos Santos), o finalmente, a través de
una rigurosa teoría marxista de la dependencia (Marini) que desestimó el
potencial critico y racionalizador de la sociología académica, en su lucha por
abrir espacios democráticos sin rupturas radicales, dentro del universo
contingente del autoritarismo militar que en esos años prevalecía en la región.
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