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El ensayo es un género literario y de reflexión, por eso híbrido,
esquivo a las definiciones. Se reconoce como tal a partir de Essais
(1580), textos del pensador francés Michel de Montaigne (1533-1592), cuyo título
dio nombre al género.
El humanismo renacentista de
Montaigne se caracterizó por un acendrado subjetivismo y un moderado
escepticismo que, según una perspectiva relativista y existencial, mostraba
reservas respecto a las posibilidades humanas de conocimiento lo mismo que hacia
la universalidad de los valores. El ensayo es un género eminentemente
moderno que surge bajo la demanda de libertad de pensamiento, consecuentemente
con el trastorno de los límites geográficos y naturales a raíz de la
impactante confrontación europea con la novedad de América. El mismo
Montaigne, por la necesidad de adaptarse “a la hora”, declara su
incertidumbre para fijar los límites de su pensamiento y de su experiencia
–con la que autoriza su reflexión y se compromete individualmente como
autor–, para abordar su objeto u objetos de estudio, tanto como la vacilante
modalidad discursiva que inaugura –conscientemente– para tratarlo. Así,
apuntan algunas características del género ensayístico: su obligatoria
contemporaneidad y fundamental subjetivismo; la diseminación del pensamiento en
distintas direcciones, en contraste con el intento de sistematización del
pensamiento lógico conceptual riguroso; el carácter de búsqueda y
experimentación intelectual y expresiva sin pretensión exhaustiva, más a
manera de comentarios, para tratar un tema o temas de particular interés a
partir de la personal necesidad de encontrar respuestas, nunca conclusivas, que
precisamente por eso apela a la recepción íntercomunicativa y al diálogo, en
el interior y hacia el exterior del texto, para completarse. Otra vertiente de
lo que es el inicio de la tradición europea del género, menos expresiva y más
formal, es la inglesa, que corresponde a los Essays (1597) de Francis
Bacon (1561-1626). Desde entonces, con amplios márgenes de conceptualización,
comenzó a usarse el término Ensayo para designar genéricamente un tipo
de discurso y un discurrir libres, relativamente, de normatividad temática y
formal.
En el ensayo se combina
la argumentación lógica de las ideas con las intervenciones subjetivas, que en
cierta forma la desvía, tales como la proyección ideológica y a veces emotiva
de la voluntad expresiva y de estilo. A la manera de un juego de espejos, en
ocasiones también lúdica y placentera, surge en el ensayo la conjunción
disyuntiva entre diversos lenguajes o discursos, particularmente entre la prosa
artística y la conceptual. Esta interacción de lenguajes y la indeterminación
de límites entre los procesos imaginativos, intuitivos, intelectuales y
sensibles, no obstante el predominio expositivo del juicio crítico aunque sin
desdeñar los procedimientos estéticos del lenguaje literario, no implica
propiamente que el ensayo sea tributario de otros géneros. Por el
contrario, tal como lo dice Pedro Aullón, su especificidad consiste en su
indeterminación: o en el hecho de que es un “género no marcado”. Por esto,
además de comportarse autónoma y creativamente como un fin en si mismo, debe
diferenciarse de otras figuras genérico-reflexivas como el Tratado, la Monografía,
el Artículo, el Estudio Critico u otras formas estrictamente intelectuales o
académicas; e igualmente de los géneros específicamente literarios como el
drama, la poesía, el cuento o la novela. Sin embargo, es necesario aclarar que
los géneros literarios tradicionales han venido manifestando históricamente un
hibridismo creciente, un debilitamiento de la normatividad canónica que permite
hablar de novela ensayística y filosófica o de poema en prosa teórico y filosófico
sin que estas modalidades, como tampoco la de los Manifiestos literarios o políticos,
deban confundirse con el ensayo.
Si bien este género y su
denominación se desarrolló tempranamente –no sin dificultades– en la mayoría
de los países europeos, su aceptación en España fue bastante tardía debido,
evidentemente, a la libertad individual y de pensamiento procedente de fuentes
renacentistas e ilustradas que fundamentaban su creación. Libertad que entraba
en conflicto con el autoritarismo eclesiástico y político español. A pesar de
esto, el monje Benito Jerónimo Feijóo (1676-1764) fue su gran precursor en la
Península. Pero no seria sino hasta fines del siglo XIX y principios del XX,
con la llamada Generación del ‘98 (Ganivet, Unamuno, D’Ors, Azorín y
otros), que en España se consolidaría el cultivo de este género. En cuanto a
su desarrollo en Nuestra América, algunos estudiosos consideran, en sentido
extenso, que muchos de los textos de “descubridores” como los de Colón; los
de los conquistadores como Las Cartas de Relación de Hernán Cortés;
los de los cronistas; Comentarios reales (1609-1617) del Inca Garcilaso
de la Vega o Respuesta a Sor Filotea de la Cruz (1691) de Sor Juana Inés
de la Cruz, entran ya en la categoría del ensayo. Sin embargo, en
sentido estricto históricamente, el cultivo del género se sitúa en las
postrimerías del siglo XVIII con el arribo de las ideas enciclopedistas de la
Ilustración Francesa, que transformaron el ejercicio literario colonial en
ejercicio de reflexión americanista libertaria. Así pues, a partir de la
conciencia diferenciadora entre España y la singularidad de sus colonias, que
generó el impulso emancipatorio en lo político, económico y cultural, el ensayo
comenzó a ser el género por excelencia para sentir y pensar nuestra América.
En forma epistolar, un caso paradigmático de expresión ensayística es la Carta
de Jamaica (1815) de Simón Bolívar, en la cual el Libertador hace un emotivo
análisis crítico de la circunstancia americana, así como de su
peculiaridad social e incluso antropológica, y dice: “Nosotros somos un pequeño
género humano; poseemos un mundo aparte; (...) no somos indios ni europeos,
sino una especie media entre los legítimos propietarios del país y los
usurpadores españoles”.
Desde entonces hasta el
presente, de acuerdo con los matices estéticos del Romanticismo, el Realismo de
tintes positivistas, el desvaído Naturalismo, el original Modernismo, los
Vanguardistas y los Posvanguardistas, la nómina de nuestros pensadores y
ensayistas ha ido ampliándose sin detenciones. Baste citar unos pocos nombres:
Andrés Bello, Simón Rodríguez, Esteban Echeverría, Domingo F. Sarmiento, José
Victorino Lastarría, Francisco Bilbao, José María Luis Mora, Juan María
Montalvo, Eugenio María de Hostos, Manuel González Prada, José Martí, José
Enrique Rodó, José Carlos Mariátegui, José Vasconcelos, Ricardo Rojas, Pedro
Henríquez Ureña, Alfonso Reyes y muchos y eminentísimos más, que
construyeron la tradición intelectual de nuestra América. En la inmediata
contemporaneidad baste citar textos como El Laberinto de la Soledad (1950)
de Octavio Paz; Las venas abiertas de América Latina (1971) de Eduardo
Galeano; o el anticipo posmoderno de reflexión ensayística, en México, que es
La jaula de la melancolía (1987) de Roger Bartra, todos en este caso de
gran extensión.
Como es sabido, los pensadores
de Hispanoamérica, Iberoamérica, Latinoamérica –sin agotar nuestras muy
diferentes nominaciones–, y hoy ya fijada designación de América Latina y El
Caribe, han compartido su quehacer intelectual, profesional y literario con el
periodismo cultural y político, con cargos públicos, incluso presidenciales,
con actividades revolucionarias en bastantes casos y con la docencia. Este
ejercicio diverso de prácticas y discursos, especialmente en el siglo XIX,
resultaba contrario a la estricta figura de la especialización. Por otra parte,
en un contexto histórico-social más occidentalizado que propiamente
Occidental, surgieron nuestras vacilantes y pobrísimas naciones más del deseo
y de la Letra del sector criollo que de la voluntad institucional
mayoritaria y de la práctica ciudadana socialmente articulada. Desde su
“descubrimiento”, su largo período colonial y su penoso y siempre
obstaculizado proceso independiente, “América es un Ensayo”, titulo de un
trabajo de Germán Arciniegas. A pesar de su importancia intelectual y
literaria, nuestro ensayo no ha sido suficientemente explorado ni
estudiado en sus correspondientes temas disciplinarios. El inicio de los
estudios sobre nuestra producción ensayística –investigación que sigue
siendo muy pobremente abordada– fue el que realizó el cubano Medardo Vitier
(1886-1960) con el título Del ensayo americano, publicado en 1945.
Por todo lo anterior y por la
frecuentación del ensayo para desarrollar el quehacer reflexivo, no
pocas veces se ha descalificado nuestra producción intelectual con base en su
realización y expresión poco sistemáticas, identificadas con falta de rigor;
sin considerar, además, que la misma se inserta en la tradición occidental
hispánica y no en la vertiente occidental finalmente hegemónica del
liberalismo capitalista protestante y pragmático. Así pues, según nuestro
vivir, sentir y pensar a saltos y urgencias existenciales e históricas, el ensayo
resultó la forma idónea para plasmar la peculiaridad del desarrollo del
trabajo reflexivo y crítico latinoamericano. Aún hoy, el sobresalto y la
violencia siguen estando “a la hora”; consecuentemente, también lo que
puede llamarse pensamiento y letra de urgencias. El ensayo en América
Latina y el Caribe evolucionó en íntima relación con la Literatura y otros
discursos sociales, al modo en que hoy se diría interdisciplinario. Es paradigmático
el caso de Facundo (1845) de Domingo F. Sarmiento. Si como Sísifo,
nuestra América insiste en la tentativa o en el “ensayo” de su plena
realización, siempre en la encrucijada de la cima y el despeñadero, se explica
que sus pensadores hayan practicado y sigan practicando este género híbrido,
hoy con carta de naturalización en la gran crisis de la racionalidad moderna e
industrial; también ecléctico – sin reservas peyorativas –, porque su
poder epistémico y su ejercicio se adaptan a las urgencias de una reflexión
que se nutre en la fuente afectiva e imaginativa del deseo de ser y de
permanecer.
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(ALG)
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