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Teoría cuyo objeto de explicación es la sensibilidad. Por extensión, teoría
que explica la producción artística habida en una sociedad y cultura y que da
cuenta de su especificidad y no distinción ante otras prácticas igualmente
sociales y culturales.
Alexander Gotlieb Baumgarten
(1714-1762), profesor en la Universidad de Francfort, es quien acuña por
primera vez el término al publicar Aesthetica en 1750. Es la primera vez
que el término se acuña como tal. Baumgarten lo hace en razón de la necesidad
de dar constitución a un saber que advierta, bajo principios científicos, las
relaciones que el hombre guarda con la belleza, y en extensión, con el arte.
Para Baumgarten la teoría del conocimiento se divide en dos partes: lógica y estética;
esta ultima tendría que ver, por supuesto, con el conocimiento sensible (etimológicamente,
aisthésis, en griego, significa sensibilidad), que ocupa un grado
inferior aunque perfectible.
Pero quien tiene la virtud de
deslindar a la estética como teoría con estatus propio y necesario es Kant. El
sentido riguroso y sistemático de su Crítica del juicio (1790) prolonga
genealógicamente la diversidad de planteamientos estéticos de los empiristas
ingleses (Hume y Burke, sobre todo), e influye sobre el otro gran sistematizador
de la ciencia del arte, Hegel. La data histórica importa al ser, piedra de
toque de toda consideración estética actual.
A propósito, el filósofo
mexicano Alberto Híjar (1935) ha acotado que, en lo concerniente a tal virtud
kantiana, se requiere historificar y vivificar los planteamientos teóricos de
la estética como ciencia especifica y superarla como tal. En este orden,
la estética en América Latina tiene, igualmente, data histórica. El
carácter nominal de ella como comunidad socio-cultural, incluso, se debe a una
necesidad estética que, en definitiva, marcha con la política.
En la primera mitad del siglo
XIX, Michel Chevalier agente de Napoleón III, en una serie de viajes a América,
distingue sociedades distintas. Una, la del sur, católica y latina, y otra, al
norte, protestante y anglosajona. La distinción sirvió para los afanes
panlatinistas de Napoleón III y, paradójicamente, si no se habló nunca de una
Europa latina, si ocurrió lo propio con la América latina que hoy en día,
como nombre compuesto, ha sustantivado el adjetivo y da nombre a un conjunto de
sociedades heterogéneas como naciones. Sólo que esta dimensión política
viene acompañada de la correspondiente estética. José María Torres
Caicedo, colombiano, historiador literario y amigo de Chevalier, ante la
necesidad de dar nombre preciso a sus trabajos críticos sobre la literatura de
las sociedades de la América no protestante ni anglosajona, resuelve esto a
partir de un criterio estético que es el de intitular a uno de ellos como La
literatura de la América Latina (1789).
La estética en América
Latina, como diría el filósofo argentino Francisco Romero, no ha sido objeto
de una profesionalización que dé cuenta de sus implicaciones dentro de la
unidad cultural latinoamericana. La riqueza de la estética en América
Latina, si no bajo estas premisas, sin embargo, es notable.
Juan Acha, peruano, teórico
del arte, a la par que ha apelado a la construcción de una estética propia
de América Latina, ha señalado genealogías históricas procedentes para la
advertencia de las artes latinoamericanas: de Preamérica a la Colonia (1530),
de la Colonia a la República (1810-1850) y de América Republicana a la
tercermundista (1950-1990). De tal genealogía, Juan Acha, a su vez, desprende
criterios relacional-axiológicos de consideración critica: vinculación, de la
religión con las estéticas nacionales; relación de las culturas estéticas
propias con la idea de la identidad de lo nacional y latinoamericano, y
valoraciones de las artes latinoamericanas en contraposición con las europeas.
La estética como teoría
y América Latina como comunidad sociocultural son recientes, históricamente
hablando. La pertenencia de su relación supone un carácter de consideración
indisoluble, de modo tal que lo que Miguel Rojas Mix ha llamado “convivencia
discrónica” (1986), refiriéndose a la coexistencia de valores propios y
ajenos en las artes de América Latina, conduce a advertir el proceso histórico
que América Latina guarda en común respecto a las naciones que, amén de un
centralismo económico y político, imponen cánones estéticos bajo la
legitimante de una invariabilidad cultural protestada como universalismo y que
niega, por supuesto, los valores social/concretos de las artes latinoamericanas.
Tal invariabilidad cultural es la del eurocentrismo, que como culturalismo,
afecta en definitiva no sólo a la resolución de códigos artísticos
latinoamericanos, sino a la particularidad de sus axiologías constituyentes, a
la construcción de sus categorías de crítica teórica y a su consiguiente
desarrollo conceptual de correspondencia social y cultural necesarias.
Acha, Juan. Arte y sociedad: Latinoamérica. Sistema de producción, Fondo de
Cultura Económica, México, 1979. Acha, Juan. Las culturas estéticas de América Latina. Reflexiones, UNAM, México,
1994. Acha, Juan. Hacia una teoría
americana del arte, Ediciones del Sol, Buenos Aires, 1991. Ardao, Arturo. América
Latina y la latinidad, CCyDEL-UNAM, México, 1993. Hijar, Alberto. “La estética
de Kant hoy y para México (apunte)”, Thesis,
(4), 13, abril, 1982. Rojas Mix, Miguel y Barreiro Saguier, Rubén. “La
expresión estética: arte popular y folklore. Arte culto”, en Zea, Leopoldo
(coord.). América Latina en sus ideas,
Siglo XXI, México, 1986.
(Véase: Antropofagia,
Jeito, Ritmo, Verso
libre).
(MAEB)
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