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 Diccionario de Filosofía Latinoamericana

 ÉTICA MÍNIMA

   

. Con este término se hace referencia a la reflexión dentro del ámbito de la filosofía práctica que pretende la construcción de una moral, la cual partiendo de las propias tradiciones, de los condicionamientos políticos y económicos concretos, y desde la propia praxis y reflexión de los individuos involucrados, proporciona respuesta a las exigencias de la sociedad secular, proponiendo los mínimos axiológicos y normativos compartidos por la conciencia de una sociedad pluralista, desde los que cada quien debe tener plena libertad para hacer sus ofertas de máximos y desde los que los miembros de esa sociedad pueden tomar decisiones morales compartidas en cuestiones de ética aplicada; en otras palabras, es una ética que basada en la comunicabilidad interpersonal y en el consenso sobre unos mínimos exigibles trata de hacer funcionar éticamente una sociedad plural.

            La ética mínima –que no hay que confundir con un reduccionismo minimalista de la ética– en su proceso reflexivo tiene en cuenta la dimensión autónoma y dialógica del hombre, y a partir del reconocimiento mutuo y la aceptación del derecho de autolegislación que tienen todos los seres humanos, pretende establecer un mínimo moral en el cual sólo se consideren normas justas aquéllas que han sido queridas por los afectados, tras un diálogo celebrado en condiciones de simetría; así se va constituyendo, poco a poco, ese cuerpo de normas acordadas, ese mínimo de leyes consensuadas, plasmadas en normas positivas, que constituyen las reglas de juego de la vida ciudadana. La ética mínima parte de una mínima confianza en que el consenso, entendido como estrategia y no como concordia, es el único procedimiento legítimo para acceder a valores morales en la vida cotidiana; en este sentido la racionalidad moral que sostiene es una racionalidad dialógica que, precaria e históricamente, va materializando esos mínimos, y en este sentido se puede afirmar que la ética mínima pertenece al ámbito de las éticas discursivas y se opone en cierta forma a la ética de máximos que es una ética conciliatoria. Así, para los que sustentan la “ética de mínimos”, sin este mínimo deseo original de resolver problemas comunes carece de sentido toda discusión en torno a la legitimidad de las normas. Este mínimo común debe ser planteado formando parte de proyectos concretos, de tradiciones concretas y en virtudes concretas. Por otra parte, en la literatura actual, el problema de si hay principios éticos absolutos, por tanto previos a la autonomía empírica de las personas, se conoce con el nombre de debate de las “éticas de mínimos-éticas de máximos”. La cuestión surgió en Alemania en los años del III Reich. Entonces la autonomía de la inmensa mayoría del pueblo alemán optó por un modelo de sociedad que a otros les apareció sencillamente inmoral. De acuerdo con el binomio autonomía-beneficencia, no parece que se le pudieran poner objeciones. Theodor W. Adorno pudo escribir una obra titulada Mínima moralia, en el que abogaba por un nivel mínimo de moralidad, por debajo del cual lo que reina es la inmoralidad, por las que lo acepte todo el mundo. Éste es un tema muy europeo, quizá por la propia historia de los últimos cien años. Los mínimos morales están constituidos por los principios de no-maleficiencia y de justicia. El primero surge de la aplicación de la ley general de que todos somos iguales y merecemos igual consideración y respeto al orden de la vida biológica, y el segundo, el de justicia, al de la vida social. Cuando se discrimina a los hombres en su vida social no tratándolos con igual consideración y respeto, decimos que se comete una injusticia, y cuando la discriminación o el daño se realiza en el orden de la vida biológica y no en el de la vida social, decimos que se conculca el principio de no-maleficiencia. Ambos son expresión del principio general de que todos los hombres somos básicamente iguales y merecemos igual consideración y respeto. Este principio es tan básico en la vida social, que los demás pueden obligarnos a que lo cumplamos aun en contra de nuestra voluntad. Tal es la razón de ser del Derecho penal, en el caso del principio de no-maleficencia, y del Derecho civil y político, en el de justicia. En tal sentido, cabe decir que esos dos principios obligan, con independencia de la voluntad de las personas.

 

            Cortina, Adela. Ética mínima. Introducción a la filosofía práctica, Tecnos, Madrid, 1986. Thiebaut, C. “Morales mínimas”, en Razón y Fe, 218, (1988) 199-207. Galindo García, Ángel (ed.). La pregunta por la ética. Ética religiosa en diálogo con la ética civil, Universidad Pontificia Salamanca, Salamanca, 1993.

 

(MASO)

 

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