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El concepto generación alcanzó difusión en América Latina a partir de la
obra de José Ortega y Gasset, que definió una generación como el conjunto de
hombres que comparten un mismo espacio y tiempo histórico, tienen (casi) la
misma edad, son coetáneos y mantienen algún contacto vital. La generación es
además una minoría, culta y sensible a los cambios de las circunstancias que
la rodean en un momento específico. El concepto se articula con base en una
teoría y un método en vistas a comprender y explicar el cambio histórico.
Sin embargo, es de observarse
que Ortega y Gasset no fue el primero que usó el concepto de generación, de
hecho tiene una larga historia. Estaba ya presente en los filósofos presocráticos
como Empédocles, Anaxágoras y Demócrito; pero fue Aristóteles el que lo
desarrolló con mayor precisión. Para el estagirita la generación es el cambio
del no ser al ser; el cambio absoluto implica una generación absoluta y el
cambio relativo implica una generación relativa. Tal interpretación fue
aceptada por los escolásticos medievales. Tomás de Aquino, siguiendo a Aristóteles,
consideraba que una generación es un “llegar a ser”. A lo largo de la
historia del pensamiento occidental el concepto generación se ha ramificado y
refinado adquiriendo, incluso, derivaciones lógicas y biológicas. Pero fue
Ortega el que dotó al concepto de una nueva vitalidad y sentido: propone una
teoría de las generaciones como instrumento dé investigación histórica, el
cual permite acceder a la comprensión de la historia, a su investigación y
estudio desde una perspectiva vital y dinámica.
Ello bajo el supuesto de que la
historia no es un “haber sido”, sino un estar “siendo”; es decir, en la
historia se manifiestan hechos que el hombre realiza, a los que el hombre
imprime sus ideas, pensamientos, anhelos, pasiones... La misión de la historia
es, entonces, descubrir la auténtica “realidad de la vida humana” y
“comprender las variaciones del espíritu humano”. En la realidad histórica
los hechos y los acontecimientos se mueven en múltiples direcciones, repercuten
en distinta intensidad y magnitud en ella. Estos cambios o variaciones tienen
diferentes rangos y jerarquías que se manifiestan por conducto de un fenómeno
primario que Ortega denomina sensibilidad vital.
Por medio de la sensibilidad
vital la generación mantiene una estrecha vinculación con las circunstancias,
esto es, con la ideología del gusto, la moralidad, etcétera, de una época
histórica. En la realidad histórica encuéntranse unidad y en permanente
comunicación distintas generaciones, que entablan relaciones de coincidencia o
desacuerdo en los diversos terrenos: ideológico, político, estético... Cuando
la circunstancia histórica es trastocada por cambios profundos y decisivos que
transforman el ámbito local o universal, son las vanguardias generacionales
quienes perciben las primeras señales de cambio, estableciendo un compromiso
activo entre individuos y masa. El método de las generaciones para su aplicación
toma en cuenta que:
1) En períodos de quince años
cambia el cariz de la vida y varía la tonalidad histórica.
2) Una generación se encuentra
entre dos generaciones: cada gene-ración representa un “trozo vital”, único
e intransferible del tiempo histórico, por eso el hombre es “sustancialmente
histórico”.
3) La realidad histórica está
constituida por la vida de los hombres entre 30 y 60 años, período de plena
actividad histórica.
4) De 30 a 45 años el hombre
combate a favor de ciertos ideales o, mejor dicho, a favor de su ideología.
5) Entre los 45 y 60 años la
generación llega al pleno desarrollo de sus aspiraciones, accede al poder y
posteriormente las nuevas generaciones asimilarán sus experiencias, aciertos y
errores para continuar transformando la realidad histórica.
6) Cada generación posee su
propia sensibilidad vital, que le permite asumir el compromiso con la
circunstancia que le rodea, de no hacerlo estaría traicionando su rol histórico.
La influencia cultural y filosófica
de Ortega y Gasset fue grande y profunda, y por lo mismo es difícil de
cuantificar.
Algunas de sus propuestas
fueron aceptadas, adaptadas, criticadas y otras simplemente desechadas. Pero han
cobrado vigencia e intensidad en diferentes momentos. En América Latina la teoría
de las generaciones fue conocida inicialmente entre los años 1921-1929 gracias
a su libro El tema de nuestro tiempo; la temática de las generaciones en
él esbozada fue ampliada y perfeccionada en una conferencia que dictó en
Madrid en 1933, luego fue publicada en 1974 bajo el título En torno a
Galileo, e inmediatamente fue estudiada en el orbe iberoamericano. La teoría
de las generaciones, si bien es cierto no tuvo el mismo impacto que otros
aspectos de la filosofía orteguiana, aún así influyó en varios pensadores
latinoamericanos que interpretándola o adaptándola a sus propios
requerimientos la emplearon para comprender el cambio histórico de sus
respectivas circunstancias. Lo que a la vez les ayudaba a profundizar en la
reflexión que ya de tiempo atrás venían realizando acerca del “ser
latinoamericano”, del “quiénes somos y hacia dónde vamos”.
Empero, pueden ubicarse los países
donde la teoría de las generaciones fue mayormente desarrollada o parcialmente
utilizada: Argentina, Perú y México. En Argentina el filósofo e historiador
de las ideas Arturo Andrés Roig la utilizó para fundar su concepción de las
etapas intelectuales de su país en sus libros Breve historia intelectual de
Mendoza (1966) y La filosofía de las luces en la ciudad agrícola (1967).
De forma más ceñida al espíritu orteguiano, Jaime Perrioux la implementó en
su obra Las generaciones argentinas (1970). En el Perú la teoría de las
generaciones fue principalmente aplicada en el terreno literario como se muestra
en los libros de los siguientes destacados críticos literarios: Jorge
Pucinelli, en Esquema de las generaciones literarias peruanas (1951);
Augusto Tamayo, en Literatura peruana (1965); Luis Alberto Sánchez, en La
literatura peruana (1966). Por su parte, en México la teoría orteguiana
fue instrumentalizada por algunos historiadores para hacer luz sobre sucesivas
generaciones políticas e intelectuales que configuraron al país desde la
centuria pasada, como puede observarse en las obras de Luis González y González:
Los artificios del cardenismo (1979) y La ronda de las generaciones
(1984). Finalmente, Enrique Krause hace algo semejante en sus textos: Caudillos
culturales de la Revolución mexicana (1976) y Daniel Cosío Villegas:
una biografía intelectual (1980), en los cuales aplica de manera acertada y
original el método de las generaciones.
Al margen de los diversos
grados de influencia cultural y la variación y adaptación que el concepto
generacional de Ortega y Gasset fue adquiriendo en los diversos países
latinoamericanos, este filósofo español quedará anclado en la historia y
memoria latinoamericana, ya que su aportación intelectual en ese terreno abrió
nuevos horizontes y dio importantes y decisivas banderas de lucha a nuevas
generaciones de jóvenes pensadores en América Latina, lo que de una u otra
forma fue un estimulo en su camino hacia la autoconciencia.
Ferrater
Mora, José. Ortega y Gasset: etapas de una filosofía, Seix Barral,
Barcelona, 1973. Ortega y Gasset, José. El tema de nuestro tiempo, 1981,
Alianza, Madrid; En torno a Galileo (Esquema de la crisis), Alianza,
Madrid, 1982. Tzvi Medin. Ortega y Gasset en la cultura hispanoamericana, Fondo
de Cultura Económica, México, 1984.
(Véase:
Circunstancialismo).
(MJSMJ)
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