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 Diccionario de Filosofía Latinoamericana

HERMENÉUTICA

 .

. El estudio de los principios generales para la interpretación de los textos bíblicos. El propósito importante y primario de la hermenéutica y de los métodos exegéticos empleados en la interpretación, han sido el descubrimiento de la verdad y los valores de la Biblia.

            Han surgido cuatro tipos de hermenéutica a modo de interpretación: la literal, la moral, la alegórica y la anagógica o mística.

            1) La interpretación literaria afirma que un texto bíblico se debe interpretar de acuerdo con el “significado literal” encontrado explícitamente en la construcción gramatical y en el contexto histórico.

            2) La interpretación moral es aquélla que busca establecer los principios exegéticos por los cuales se pueden dar a entender lecciones éticas a partir de los textos bíblicos.

            3) La interpretación alegórica explica las narraciones bíblicas como teniendo un segundo nivel de referencia que va más allá de aquellas personas, cosas y eventos mencionados explícitamente en el texto.

            4) La interpretación anagógica o mística busca explicar los eventos bíblicos de acuerdo a su relación con la vida después de la muerte.

            En la época moderna, como en otras épocas, se han observado giros en el énfasis hermenéutico que reflejan tendencias académicas y filosóficas. Algunas de éstas son: la interpretación histórica, la crítica, la existencial y la estructural. Todas éstas han figurado, prominentemente, a lo largo del siglo XX.

            Originalmente, la hermenéutica es la interpretación de símbolos, de las Escrituras. La relación entre el símbolo y el significado se suponían universales. La hermenéutica contemporánea gira en torno a la reflexión sobre Nietzsche y Heidegger, ubicada .en el fin de la modernidad y la posmodernidad. Supone la superación de la metafísica propuesta por Heidegger y la idea nietzscheana del eterno retorno, en una nueva religiosidad cuasi-atea contemporánea, aunada a una crítica de la cultura desde el inicio del siglo XX. En la hermenéutica contemporánea, el símbolo abre una multiplicidad de interpretaciones. La modernidad se puede caracterizar como un fenómeno dominado por la idea de la historia del pensamiento, entendido como una progresiva iluminación que se desarrolla sobre la base de un proceso cada vez más pleno de apropiación y re-apropiación de los “fundamentos”, los cuales a menudo se conciben como los orígenes, de suerte que este último trate de pensar el prefijo ‘pos’, es precisamente la actitud que, en diferentes términos pero, según nuestra interpretación, profundamente afines, Nietzsche y Heidegger trataron de establecer al considerar la herencia del pensamiento europeo, que ambos pusieron radicalmente en “tela de juicio”, por lo cual se negaron a proponer una superación crítica de los fundamentos, para no caer presos de la lógica del desarrollo propio de ese mismo pensamiento (Vattimo, 1990: 14).

            La modernidad se caracteriza por la idea de progreso, supone un tiempo lineal, evolutivo; la postmodernidad concibe un tiempo de ideas y retrocesos, un tiempo no lineal, no evolutivo.

            La filosofía de los siglos XIX y XX se caracteriza por una negación de las estructuras estables del ser. Este proceso se inicia desde el Renacimiento, con la ruptura de los principios y categorías absolutos derivados de la religión. En el cristianismo, Dios es el centro, el eje de la cosmovisión. En el Renacimiento y en el Humanismo se substituye a Dios por el Hombre y así se inicia el relativismo que aparece en el siglo XVIII como historicismo, portador de verdades relativas derivadas de su momento histórico, de su historicidad y que en el siglo XX derivan en relativismo extremo y nihilismo.

            A partir de la caída del muro de Berlín y la crisis del marxismo soviético, el historicismo marxista entra en la última de las crisis de las estructuras estables: la historia, la historicidad, entrando en su fase más extrema y feroz de relativismo: el nihilismo.

            La posmodernidad se caracteriza no como novedad respecto de lo moderno, esto seria ser moderno, en una serie progresiva de novedades, en la avidez de novedades, sino en la disolución de lo nuevo. El fin de la historia.

             Es únicamente la modernidad a la que, desarrollando y elaborando en términos puramente terrenales la herencia judeocristiana (la idea de la historia como historia de la salvación articulada en creación, pecado, redención espera del juicio final), confiere dimensión ontológica a la historia y da significado determinante a nuestra colocación en el curso de la historia.

             El fin de la historicidad presupone una distinción entre historia como proceso objetivo dentro del cual estamos muertos y la historicidad como un determinado modo de tener conciencia de que formamos parte de ese proceso.

            La postmodernidad, el mundo postindustrial tecnológico computarizado, digital, con fax e Internet, hornos de microondas, automóviles que hablan y piden agua y gasolina, personas autómatas que se cruzan ascéticos, asépticos, escépticos, sin pasiones, sin sentimientos, caminadores que sustituyen la Vereda Tropical, bicicletas fijas que seleccionan un paisaje computarizado, nos ofrecen un mundo, en plexo referencial de útiles que los escritores de ciencia ficción, a menudo, expresan su temor a la reducción de la experiencia de la realidad a la experiencia de la realidad virtual, “en el silencio algodonado y climatizado en el que trabajan las computadoras” (Vattimo, 1990: 14).

            La lectura de los diarios como una oración matutina del hombre moderno, impecable hombre de cuello blanco, perfumado, ascético y esterilizado.

            La cultura global de lo humano televisado. El dolor de los habitantes de Biafra que mueren de hambre sin que la televisión nos transmita el sentimiento.

            La realidad virtual y el nihilismo como única posibilidad. “El proceso en el cual, al final del ser como tal, ya no queda nada”.

            El nihilismo nietzscheano se sintetiza en la muerte de Dios. El nihilismo heideggeriano radica en la pérdida de sentido, el sin sentido del modo de ser del “ser ahí” en su andar en la inautenticidad, en el mundanal mundo.

            El “ser ahí” es una totalidad hermenéutica, intérprete de símbolos, sólo porque tiene la posibilidad de no ser más ahí;

            El “ser ahí” en su condición anticipadora de la muerte es la condición de su autenticidad. El nihilismo es como una revolución copernicana, el hombre se aparta del centro hacia la X.

            Según Vattimo, lo que libera es el salto al abismo de la mortalidad recuperando la experiencia estética, como vivencia de la experiencia vivida, puntual, momentánea y en el fondo epifánica.

 

            Ortiz-Ases, Andrés. La Nueva Filosofía Hermenéutica, Antropos, Barcelona, 1990. Paul, Edward (editor in chef). The Encyclopedia of Philosophy, The MacMillan Company & the Free Press, New York Collier-MacMilla Limited, London, 1967. Ricoeur, Paul. The Hermeneutic Tradition: from Ast to Ricoeur, New York State University Press, Alvany, 1990. Ricoeur, Paul. The Narrative Path: The Later Works of Paul Ricoeur, Cambridge, Massachussetts, 1990. Ricoeur, Paul. Le Conflit des Interprétations Essais de Herméneutique, Seuil, Paris, 1969. Ricoeur, Paul. Finitud y Culpabilidad, Taurus, Barcelona, 1980. Vattimo, Gianni. El Fin De La Modernidad: nihilismo y hermenéutica en la cultura postmoderna, Gedisa, Barcelona, 1990. Vattimo, Gianni. La Secularización de la filosofía, Gedisa, Barcelona, 1990.

 

(EMO)