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 Diccionario de Filosofía Latinoamericana

INDIGENISMO

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. “El conjunto de ideas y actividades concretas que realizan los estados latinoamericanos en relación con las poblaciones indígenas llevan el nombre genérico de indigenismo” (Stavenhagen, 1988: 105), según la apretada definición del sociólogo mexicano Rodolfo Stavenhagen.

            El sujeto sine qua non del indigenismo es el “indio”, término que nace de la equivocación geográfica que sufrió Cristóbal Colón cuando a la vista de los primeros habitantes que encontró en Guanahaní los llamó indios plenamente convencido de que había llegado a la antesala de las soñadas Indias Orientales, convicción que en parte legitima, o por lo menos explica tal denominación para todos los naturales de América y que, como sello imborrable, persistió para sus descendientes; este error fue el principio de otros que en definitiva marcaron hasta nuestros días el difícil camino de aquellos naturales. El indio fue presentado al resto del mundo a través de un concepto léxico genérico, y como categoría social en condiciones definidas y concretas predeterminadas por los europeos, lo que  dice Bonfil Batalla enmascaró su especificidad histórica y lo convirtió “dentro del nuevo orden colonial en un ser plural y uniforme” (Alcides, 1983: 18). Lamentable inexactitud que obstaculizó por tres siglos y más, el desenvolvímiento normal de los hombres autóctonos de América, ya que al englobarlos en un término único quedaron ocultas, por encima, las diferencias esenciales: niveles culturales, lengua, objetivos vitales, religiosidad, mitos, historia... todo Io que constituía la manera de ser de cada uno de los grupos prehispánicos. La palabra indio no explicaba al antiguo y ahora dominado habitante de América, sólo lo nominaba a partir de la unificada imperialidad hispana como categoría social sometida.

            Hacia fines de la Colonia se usó también y con mayor frecuencia el vocablo indígena, quizá para suavizar la memoria de la carga ideológica opresora que llevaba la voz de indio. Indígena es más justa en su significado etimológico: nativo de un país, del latín indígena, “el que es de allí”, originario del país de que se trata, autóctono. “Esto quiere decir que toda persona nacida en determinado lugar, es indígena de dicho lugar” (Alcides, 1983: 37). En tal sentido se llegaría a la consideración de que todos: mestizos, criollos, demás castas y los originarios contemporáneos de las naciones latinoamericanas, del resto del mundo somos indígenas, y no es así, ya que dicha palabra se aplica sólo a las etnias herederas de las culturas prehispánicas. Indio e indígena vienen, pues, a ser sinónimos, y toda acción práctica que se establece o se ha establecido con los indígenas se califica como indigenismo, expresión que por sí misma no define, de acuerdo con su origen, evolución y fijación un concepto preciso, comprensible para todos, de lo que es y no puede dejar de ser.

            El indigenismo toma cuerpo y figura al paso del tiempo, se va perfilan do como una preocupación por los indios al lado de las complejas y varia das tareas  socioeconómicas, políticas, culturales, morales, de salud, etcétera―  que conforman el quehacer de la gente e instituciones de un estado, es pues lícito hablar de indigenismo desde los primeros momentos de la administración española. La política indigenista de la Corona está en las Leyes de Indias, en documentos oficiales, ―cédulas, ordenanzas, bandas, breves―, en los libros de insignes humanistas  ―Las Casas, Montesinos, Vitoria―  y prácticamente en casi toda la correspondencia de virreyes, oidores, capitanes, generales, jueces, alcaldes y demás funcionarios. El indigenismo colonial fue una permanente actitud ideológica, institucional, práctica a veces, y teórica las más, con modalidades diversas: paternalismo cristiano con la dinastía austriaca, despotismo ilustrado Borbón, igualitarismo  ―sólo quedó escrito―  en las Cortes de Cádiz (Caso, 1973: 72 y 55) y una postura entre confusión y olvido a lo largo del siglo XIX; los nuevos países latinoamericanos en la búsqueda de su nueva identidad, la de ciudadanos libres y soberanos, hicieron de la política de gobierno su principal actividad. Los indígenas quedaron rezagados, la preocupación indigenista perdió pie ante la avalancha de golpes de Estado, intervencionismo extranjero, dictaduras, bandolerismo y otras calamidades. En el siglo XX el indio fue ya motivo de serios, organizados y modernos programas de los gobiernos y la iniciativa privada; reaparece entonces el indigenismo como todo un quehacer no sólo importante, sino obligado, de la política nacional que requiere un esfuerzo multi e interdisciplinario, para resolver la situación del indio “en torno a sus problemas como individuos o como colectividad tanto en lo que toca a su vida intelectual como a la anímica, material, social, etcétera” (Ballesteros, 1961: 8).

            El problema indígena varia de un país a otro en relación directa de la importancia, extensión territorial, variedad de etnias y número de individuos de las culturas de origen prehispánico y dentro de los mismos renglones, de la supervivencia de éstas. Al respecto, Alan During señala en su estudio publicado bajo auspicios de la ONU, “Supporting Indigenous People”, que los tres sitios del mundo con mayor problemática existencial indígena son la India, Burma y México (Brown, 1993). Agreguemos en seguida la región andina con Perú, Ecuador y Bolivia. Esto no ha sido obstáculo para que toda Latinoamérica se involucre en el asunto, aunque en algunos países las pequeñas etnias sobrevivientes no representan sino una mínima parte de la problemática nacional, pero en un acto solidario con los vecinos próximos se confirma que por pequeño que sea, cualquier núcleo humano olvidado por la historia debe ser incorporado a ésta y protegido. Así fue que en 1910 se fundó en Brasil la primera institución contemporánea de corte indigenista: Serviçio de Proteçao aos Indios. Hacia el fin del porfiriato en México, A. Belmar, magistrado de la Suprema Corte, pensó y redactó la primera organización científica indigenista, la Sociedad Indiana Mexicana, que proponía: estudio de razas, costumbres y lenguas de los indios, estímulos a la educación, celebración de congresos anuales, publicación de boletines, trabajos arqueológicos y algo más trascendente y muy difícil: crear en los mexicanos un ambiente comprensivo para los indígenas. La política dictatorial del momento hizo fracasar el plan.

            En 1918, cuando la Revolución Mexicana ya había posibilitado la presencia del indio en los escenarios de la lucha nacional, y la Segunda Guerra Mundial dejaba en todo el globo la urgencia de unidad y paz, se celebró en Buenos Aires, Argentina, la Primera Convención Internacional de Maestros. A ésta siguió una serie de reuniones americanistas en varias partes del continente que de algún modo prepararon el campo para enfrentarse de lleno a la urgente pero inconmensurable tarea de atender de manera oficial, científica y humanitaria, los problemas indígenas, que empezaban a vincularse con sentimientos y causas nacionales. La idea de un gran congreso indigenista cuajó en el de Pátzcuaro, Michoacán, en México, celebrado del 18 al 24 de abril de 1940. Los principios fundamentales a los que entonces se llegó enfatizaban que “el problema de los grupos indígenas de América es de interés público, de carácter continental y relacionado con los propósitos de solidaridad entre los pueblos y gobiernos del Nuevo Mundo”, además, se debía lograr la “igualdad de derechos y oportunidades para todos los grupos de población americana” (Brown, 1993: 222), y no perder de vista los valores de las culturas autóctonas. Se acordó concretar los cuidados indigenistas en la fundación del Instituto Indigenista Interamericano, de institutos nacionales, y en congresos periódicos. Se unieron a estos intereses Estados Unidos, Canadá, Francia, España, la UNESCO; y se crearon institutos nacionales en México, Perú, Bolivia, Nicaragua, Colombia, Costa Rica, Paraguay, Chile, Ecuador, etcétera.

            El de México es relevante por el alcance universal de sus aportaciones (cursos, libros, conferencias, anuarios) y de sus avances (desarrollo de las ciencias antropológicas, comunicación permanente con los grupos indios), lo que ha dado en cambios drásticos en las relaciones con ellos, y originado la necesidad de otras revisiones del problema que aún no se resuelve del todo tal vez por la fuerza que recobró el indigenismo a partir de la pretendida celebración del V Centenario del descubrimiento de América.

 

            Alcides Reissner, Raúl. El indio en los diccionarios, exégesis léxica de un estereotipo, Instituto Nacional Indigenista, col. INI, núm. 67, México, 1983. Ballesteros Gaibrois, Manuel y Julia Ullóa Suárez. Indigenismo americano, Cultura Hispánica, Madrid, 1961. Brown, Lester R. State of the World 1993, Organización de las Naciones Unidas, W.W. Norton and Company, New York, 1993. Caso, Alfonso. Indigenismo, Editorial Cultura, México, 1958. Caso, Alfonso. La política indigenista en México, Instituto Nacional Indigenista; Secretaria de Educación Pública, México, 1973. Censo Nacional de Población y Vivienda 1990, INEGI, México, 1990. Instituto Nacional Indigenista. 30 años después. Revisión critica, número especial de la revista México Indígena. Órgano de difusión del Instituto Nacional Indigenista, México, 1978. Instituto Nacional Indigenista, 40 años, Instituto Nacional Indigenista, México, 1988. Favre, Henri. L’Indigenisme, Presses Universitaires de France, París, 1996. Lewis, Oscar y Ernest E. Moes. “Base para una nueva definición práctica del indio”, en América Indígena, vol. 5, México, 1943. O’Gorman, Edmundo. México el trauma de su historia, UNAM, México, 1977. Stavenhagen, Rodolfo. Derechos indígenas y Derechos humanos en América Latina, Colegio de México, México, 1988. Villoro, Luis. Los grandes momentos del indigenismo en México, Colegio de México/FCE, México, 1996.

 

            (Véase: Autonomía, Encuentro de dos mundos, Etnia, Indigenismo integracionista, Mestizaje, Pueblos indios, Racismo)

 

(BRG)