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 Diccionario de Filosofía Latinoamericana

MESIANISMO

 

 

. La visión mesiánica es típica en todos los sistemas de salvación trascendentales e intramundanos. En el ámbito de la antropología cultural, los fenómenos mesiánicos se orientan hacia la revitalización de la cultura propia, y el profeta o el hombre sobrenatural que potencia el movimiento es la garantía del encuentro de una nueva tierra, libre de los males y frustraciones de la existencia real.

            El mesianismo se liga así fuertemente a un retorno puro y simple al pasado y otorga un papel preponderante a las tradiciones ancestrales. Encarna la esperanza de recuperar una felicidad perdida a causa de la opresión colonial. Los movimientos mesiánicos incluyen, por consiguiente, elementos objetivos que muestran la reivindicación de valores propios, asfixiados por los valores, normas e instituciones impuestos por los pueblos colonizadores, y elementos utópicos del subconsciente colectivo o del imaginario social y religioso, que esperó la realización de una vida histórica perfecta, libre de toda constricción material y moral. Desde el punto de vista bíblico es la doctrina relativa al Mesías. En sentido figurado se usa para referir la confianza inmotivada o desmedida en un agente bienhechor que se espera. Desde la óptica de la psicología, el mesianismo se afirma de la conducta peculiar basada en la convicción profunda de tener un papel capital en beneficio de la humanidad entera, es decir, de estar encargado de una misión concreta y, por lo tanto, presentarse a los demás como un Mesías; este comportamiento puede acompañar a un delirio profético caracterizado por sueños de “transformación radical de la realidad”; en esta última perspectiva se puede afirmar que ciertos líderes de movimientos armados que hicieron su aparición en América Latina durante la segunda mitad del presente siglo fueron vistos o se presentaron como “Mesías” que harían realidad la “nueva sociedad y la nueva historia”. En la antropología cultural el término Mesías se aplica a todo aquel fenómeno centrado en la exaltación de un profeta o de un hombre-dios sobrenatural, en cuyo poder y auxilio se cristalizan las esperanzas colectivas, que se producen en algunas sociedades como respuesta a situaciones de crisis producidas por el impacto colonial cuando éste amenaza las tradiciones más arraigadas de la colectividad y su existencia misma. En los textos bíblicos, Mesías sólo aparece dos veces en toda la versión griega (Jn 1, 42: 425). En los demás casos está sustituido por Cristo (ungido). El término “mesianismo” es desconocido en la Biblia. En cambio, ha llegado hasta las lenguas modernas con un contenido de esperanza incluso en un mundo donde se separan los dos términos sinónimos de “mesianismo” y “cristianismo”. La esperanza salva-dora es el nervio de toda la historia de Israel. Intermediarios o autores de una salvación qué, en definitiva, es siempre de Dios, son normales en todos los tiempos, sin ser denominados Mesías. Mesías es sólo el “ungido” por antonomasia, el rey. El rito de la unción, además de la autoridad definitiva, confiere al monarca una relación estrechísima con Yahvé para mantener a Israel como reino de Dios y pueblo de su alianza, Muchos colocan el mesianismo auténtico en la persona real: “mesianismo real”. Los textos más antiguos se referían a David (2 Sam 7, l - 16). Todos los sucesores de David participan de sus prerrogativas, dando pie a un mesianismo dinástico. La realidad deshizo estas esperanzas, las cuales (profetas del siglo VIII) se refugian y consolidan en un rey ideal futuro (Is 4, 2; 9, 1-6; 11, 1-9; 16, 5; Miq 5, 1-3), que se vincula progresivamente con el Reino de Dios y su advenimiento escatológico. Con la destrucción de Jerusalén, en algunos profetas el mesianismo real desaparece (Deuteronomio, Isaías, Abdías, Joel); en otras escuelas proféticas la figura del David ideal da paso a las figuras del “profeta futuro” del Deuteronomio (18,18), la persona paciente, individual o colectiva, pero eminentemente religiosa del “Siervo de Yahvé”. (Is 52, 13-53; 12), el “Hijo del Hombre” (Dan. 7, 13) y quizás el sumo sacerdote de Zacarías (4, 14; 6, 9-15). La línea del reino de Yahvé, más radical y desengañada, no ve ya la necesidad del Mesías para realizarlo: por ejemplo el mesianismo sin Mesías en Daniel (2). La mentalidad intrabíblica espera tres tipos de Mesías: guerrero político, profético y sacerdotal. La primera comunidad cristiana reconoció en Jesús al Mesías: el apelativo Cristo, pasa a ser primero título para convertirse luego en nombre propio. Pero es Mesías en virtud de su función escatológica y su parusía. La liturgia cristiana, en cambio, aplica las ideas mesiánicas al nacimiento de Jesucristo. Es patente la diferencia entre la concepción mesiánica judeo-cristiana y la de otros pueblos, como las ideologías reales de Egipto y de Irán, éstas arrancan de un anhelo innato del hombre que la fe y la religión de la alianza han transformado con su sello propio a lo largo de la historia salvífica.

 

            Lischetti, Mirtha “Movimientos prepolíticos en el siglo XX; Mesianismos y milenarismos”, en Transformaciones, núm. 62, Buenos Aires, Centro editor de América Latina, 1972. Pereira de Queiroz, María Isaura. Historia y etnología de los movimientos mesiánicos; Reforma y revolución en las sociedades tradicionales, Trad. Florentino M. Torner, Siglo XXI, México, 1969.

 

            (Véase: Milenarismo, Providencialismo, Tierra sin mal).

 

(MASO)