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Tradicionalmente se ha pensado como la mezcla de razas y culturas; debe
entenderse como la confluencia de manifestaciones culturales y modos de concebir
el mundo, cuya riqueza principal es la mezcla.
El gran mestizaje biológico fue una realidad desde
los primeros años de la conquista. Varias fueron las causas, pero una
determinante se puede atribuir a la casi nula presencia de mujeres españolas y
a la condición de sumisión de las indias. “España no rechazó la
consanguinidad”, desde 1503 “el gobernador Ovando recibió en Santo Domingo
la instrucción real de procurar el casamiento de españoles con indios...”
(Basave, 1992: 17).
El arquetipo del mestizo, sin duda alguna, es el
Inca Garcilaso de la Vega quien declara: “mestizo me llamo a boca llena”
(Flores, 1986: 56). En él no sólo confluyen la sangre española y la sangre
india, sino que se funden dos culturas distintas: la europea y la prehispánica.
Su obra, reconocida tanto en los Andes como en la Península, anuncia una de las
principales características de la ideología del mestizaje: la coexistencia
“armónica” de dos mundos.
A finales del siglo XVIII y principios del XIX se
articula de manera más clara dicha ideología y se modifica la idea de lo que
debía ser el mestizo. El criollo, en su intento por reafirmar su condición de
habitante legítimo de América, valora por encima de la mezcla de sangres la
influencia que ejerce la “naturaleza americana” en el “nuevo hombre”; así,
“lo americano” se convierte en un mecanismo legitimador de una “nueva
memoria histórica”. Ese “americano”, por demás intangible, singulariza
al criollo frente al peninsular, de ahí su intento por recuperar una herencia
prehispánica “expropiando un pasado indígena” (Brading, 1983: 42). Estas
referencias a un “pasado indígena” tuvieron distintas características según
el espacio geográfico. La fuerza simbólica de la apropiación de los
“valores prehispánicos” se puede encontrar en la obra de Francisco Javier
Clavijero (1731-1787) Historia antigua de México.
En el discurrir del siglo XIX, y tras los movimientos de independencia en
el continente americano, se consolida la ideología del mestizaje. El discurso
independentista, bajo muy variados matices, busca en la particularidad de “lo
americano” la singularidad de las nuevas naciones. Había que crear lealtades
comunes a la patria para poder tejer la trama de la “comunidad imaginada”
(Anderson, 1993: 22). La reivindicación de las poblaciones autóctonas, y sus
antiguas culturas tiene como finalidad reforzar una “identidad colectiva”.
Esta necesidad de establecer líneas de continuidad entre las nuevas naciones y
las antiguas culturas indígenas ofrece la fuerza temporal imprescindible para
reclamar un origen común.
Contrariamente a lo que se ha pensado siempre, estos llamados a un pasado
indígena no son exclusivos de México y Perú; nuevas investigaciones han
demostrado que: “En el Río de la Plata, por ejemplo, el imperio incaico fue
asumido como ‘mito fundacional’ y espejo de virtudes cívicas tanto durante
la independencia como muchas décadas más tarde” (Quijada, 1994: 38). Sin
embargo, la exaltación de lo indio como origen, como pasado exclusivamente,
evidencia una “preocupación” mayor: el indio vivo, considerado el elemento
“bárbaro” de la nación, impedía el “acceso al progreso”. ¿Cómo
civilizar la barbarie? Las propuestas para llevar a cabo la creación de
ciudadanos no fueron uniformes; en México, por ejemplo, el liberal José María
Luis Mora recomienda la inmigración europea,' principalmente española, para
acelerar el ritmo del mestizaje. En Argentina, Juan Bautista Alberdi propone una
inmigración anglosajona como condición previa a la civilización.
La expresión más acabada de la ideología del
mestizaje se encuentra en el ensayo del mexicano Andrés Molina Enríquez Los grandes
problemas nacionales (1909). En él se perfilaba la creación de un nuevo
proyecto nacional cuyo hacedor sería el mestizo: verdadero mexicano y el único
capaz de asegurar el futuro del país.
La Revolución Mexicana de 1910 exacerba la tesis
del mestizaje. La propuesta de José Vasconcelos de una “raza cósmica”, en
el fondo mestiza, influye en muchos pensadores latinoamericanos. La búsqueda de
un arte nacional y universal (por su condición mestiza) a la vez, conlleva a la
construcción de una “cultura nacional”, cuyo contenido servía de base a la
tarea educativa emprendida por los gobiernos latinoamericanos. Encontrar en
cualquier expresión plástica, literaria, musical o de carácter esencializante
“lo nacional”, ayudó a mitificar el mestizaje.
No bastaba la integración política ni la social,
también era.necesaria una integración cultural total. Para lograrlo había que
crear, mediante el sistema educativo, una cultura homogénea capaz de borrar la
heterogeneidad y así poder recurrir a una misma tradición, a lo propio, a lo
especifico en oposición a lo ajeno, a lo universal. Sin embargo, el proyecto de
una nación homogénea se realiza tan sólo en el imaginario de su intelligentsia.
La construcción de la nación, pese a todo, sigue siendo un proyecto
inacabado.
Anderson, Benedict. Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el
origen y la difusión del nacionalismo, México, FCE, 1993. Basave Benitez,
Agustín. México mestizo. Análisis del nacionalismo mexicano en torno a la
mestizofilia de Andrés Molina Enríquez, México, FCE, 1992. Brading,
David. Los orígenes del nacionalismo mexicano, México, ERA, 1991.
Flores Galindo, Alberto. Buscando un inca: identidad y utopía en los Andes, La
Habana, Casa de las Américas, 1986. Molina Enríquez, Andrés. Los grandes
problemas nacionales, México, ERA, 1981. Quijada, Mónica. “¿Qué nación?
Dinámicas y dicotomías de la nación en el imaginario hispanoamericano del
siglo XIX”, en Cuadernos de Historia Latinoamericana, Alemania, AHILA,
núm. 2, 1994, pp. 15-51.
(Véase: Encuentro de dos mundos,
Identidad, Indigenismo,
Indigenismo integracionista, Negritud,
Pueblos indios, Racismo,
Raza cósmica).
(DRL)
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