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Una de las características de los pueblos de América Latina es su enorme
riqueza en pensamiento mítico, un hecho que exige estudio si queremos
comprender la diversidad cultural latinoamericana.
En este aspecto los estudiosos
de América Latina siguen en general las teorías clásicas en torno al
mito. Sin embargo, pocos fenómenos y pocos términos han sido entendidos e
interpretados de maneras tan distintas como el fenómeno y el término mito. En
el lenguaje corriente “mítico suele ser todo aquello que se opone a
“verdadero” o “real”; sinónimo de ficción, de falsedad o de fabulación
más o menos fantástica y desenfrenada.
Durante mucho tiempo se consideró al mito como una
creación pueril y aberrante de la humanidad “primitiva”, producto de la
imaginación, y que pertenecía a un estrato inferior de la vida espiritual.
Estas interpretaciones cambiaron. En la actualidad se considera que el mito es
presentación de la realidad de manera simbólica y afectiva, en especial
sobre-cuestiones cosmológicas o cosmogónicas. Los mitos constituyen una forma
de entender la realidad, en ellos se plasman las concepciones que los hombres
tienen de su existencia, proyectan en ellos la experiencia de su vivir: de su
vivir social, de su relación con el cosmos y de su relación con la divinidad.
Casi todos los estudiosos actuales están de acuerdo en afirmar que el mito es
una forma original de pensamiento más
aún, un modo humano estar en el mundo cuyo estudio puede revelarnos ciertos secretos profundamente
arraigados en el espíritu del hombre y a los que sólo se puede llegar a través
del estudio de los relatos míticos; y han puesto de relieve la función que
cumple el mito en la vida social: el mito es el fundamento y el principio
unificador de la organización social y di todas las expresiones culturales: el
lenguaje, el arte, la poesía y la religión de los pueblos llevan grabada la
impronta de sus concepciones mitológicas. Para los miembros del grupo, el mito
contiene una “verdad” superior a cualquier otra que pueda provenir de la
experiencia. Y es esta “verdad” la que confiere sentido a las cosas y a la
existencia del hombre, de manera que toda la actividad humana, hasta en sus
menores gestos, aparece vinculada a una realidad trascendente,'que no se puede
ver ni tocar, pero que no cesa de manifestar su presencia, su eficacia y su
inagotable vitalidad. Además, nos muestran cómo la visión mítica de la
realidad puede determinar la conducta e influir decisivamente sobre las
actitudes que se asumen frente a determinados seres y aún frente a la
existencia toda. El análisis de las culturas muestra la tenacidad y la
constancia con que los mitos y las representaciones míticas aparecen, se
transforman y vuelven a aparecer transfigurados en los puntos más diversos del
tiempo y del espacio. Así se pone de manifiesto que el mito reporta al hombre
una utilidad vital y responde a una necesidad profunda de su naturaleza, aunque
no es fácil determinar con precisión de qué necesidad se trata. De cualquier
manera, esa necesidad está vinculada con el problema del sentido último de la
realidad y, muy especialmente, el del sentido que es preciso dar a la propia
vida. Una de las funciones que cumple el mito consiste precisamente en crear un
horizonte de sentido. Como definir qué se entiende por mito es una tarea ardua,
nos limitaremos a señalar algunas características esenciales del mismo. Si
falta alguna de estas se podrá hablar de mito en un sentido más o menos vago,
pero no tendremos un autentico mito:
1) El mito es un relato, es decir, posee una
estructura narrativa.
2) Los acontecimientos míticos suceden en un
tiempo indeterminado: este tiempo indeterminado es cualitativamente distinto de
la duración continua e irreversible en la que se desarrolla la existencia
ordinaria, se piensa al margen de la historia tal como comúnmente la
concebimos; además, el escenario de los acontecimientos míticos es el
territorio privilegiado donde, han quedado abolidas las leyes ordinarias de la
naturaleza: todo puede acaecer en el mito. Desde este punto de vista, de todas
las cosas que hay en el mundo, el mito parece ser la más incoherente y falta de
congruencia. Sin embargo, la persistencia del fenómeno mítico nos muestra que
siempre se trata de penetrar más allá de las apariencias para dar un sentido,
a través del símbolo, a las realidades más profundamente humanas.
3) Es siempre un relato tradicional: al destacar
este aspecto queremos indicar que los relatos y los personajes míticos son antónimos,
es decir, no han sido creados por ningún autor, es un patrimonio colectivo, su
origen se remonta a un pasó indefinido y se va transmitiendo de generación en
generación, y, como todos los elementos auténticamente tradicionales, se van
transformando lentamente y pueden perdurar largo tiempo después que ha
desaparecido el medio social en que surgieron originariamente. Sólo cuando se
producen cambios culturales importantes, cuando entran en crisis los valores
tradicionales y se modifica profundamente la actitud de una sociedad frente a
los problemas vitales van quedando relegados o son sometidos a critica.
4) Es objeto de fe: es necesario que los
acontecimientos que se narran en el relato mítico sean reconocidos como
“verdaderos”, un mito que no es creí-do pierde su esencia mítica para
convertirse en una fábula, una leyenda o un cuento folklórico. De este modo el
mito proporciona a los miembros del grupo una forma de ver y comprender el mundo
que no seria posible sin ese símbolo particular.
5) Finalmente, según algunos autores, aparece
vinculado con frecuencia a un determinado ritual; todo mito es dramatizado en un
ritual; los mitos quedan sacralizados al ser la plasmación de historias vividas
acaecidas en los tiempos primordiales de la humanidad o de un pueblo concreto;
se puede decir que adquieren su plenitud en los ritos.
La concepción mítica puede tener y de hecho tiene en diversas ocasiones
una orientación ética: denuncia el hecho de que el hombre se siente a sí
mismo como situado dentro de un sistema cósmico religioso; esta vinculación
tiene un carácter normativo. La función mítica nos descubre, pues, que el
hombre se siente como un ser esencialmente relacionado, tanto en su constitución
como en su comportamiento, con alguien superior a él
la realidad divina, que trata de imitar en sus esquemas de conducta.
Dumezil, Georges. Mito y epopeya, Seix Barral, Barcelona 1971.
Gil, Juan. “Colón y su tiempo”, “El Pacífico”, “El Dorado”, Mitos
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(Véase: Tierra sin mal).
(MASO)
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