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 Diccionario de Filosofía Latinoamericana

POSITIVISMO LATINOAMERICANO

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. Es un concepto que expresa un conjunto de ideas y acciones, que funcionaron como aparato ideológico del Estado y de las clases en el poder, cuya finalidad fue hegemonizar las diversas estructuras sociales derivadas de enfrentamientos que remiten al proceso de formación del Estado y de la nación de los países posindependientes de América Latina de finales del siglo XIX hasta la mitad del siglo XX.

            Fue en América Latina donde se concretó el ideal del filósofo francés Augusto Comte (1798-1857), quien postuló que el espíritu humano debe renunciar a conocer el ser mismo de las cosas (negando toda metafísica) y atenerse sólo a las verdades que se obtienen por medio de la observación y la experiencia. Según Comte la función de las ciencias de la naturaleza es descubrir las relaciones constantes entre los hechos y los fenómenos. De ahí que su inquietud es posibilitar o trasladar la metodología de las ciencias de la naturaleza o positivas, como él las denominó, al terreno de los fenómenos sociales. Con este afán el filósofo creó la física social, como llamó en un principio a la sociología, cuya función es descubrir cómo unificar al ser humano con la naturaleza a través de la formulación o descubrimiento de las leyes que rigen la vida de las sociedades. Con estas ideas Comte propuso la creación de una nueva religión, la de la ciencia, pues sólo ella garantizaría la elaboración de una nueva sociedad, donde los teólogos y filósofos tradicionales desaparecieran para dejar paso a los científicos. Esta filosofía, si bien en Europa no se aceptó totalmente, si dejó una profunda huella en el corazón y en la mente de los pensadores latinoamericanos, pues éstos necesitaban una filosofía que funcionara en los momentos de transición que vivían los pueblos latinoamericanos. Por esto el positivismo, como dice Óscar Terán (1983), se convirtió en una “especie de umbral ideológico que, desde México a la Argentina, no se limita al campo filosófico, sino que incide sobre la política y la pedagogía”. A este respecto Leopoldo Zea, citando a Víctor Massuh, dice que el positivismo:

 

cumplió una doble hazaña espiritual. La primera, de carácter político: organizar ideológicamente las nacientes democracias nacionales sobre la base de un orden racional y moderno. La segunda, de carácter educativo: proveer a los americanos de un sistema de ideas y costumbres que superaran las formas sociales y psicológicas del medioevo, subsistentes aún. (...) De ahí que bajo las influencias de Spencer o Comte, las ideas positivistas se extendieron a lo largo del continente, como las únicas partes de realizar lo que se dio en llamar: la liberación de América (...) Por estas épocas América abrió definitivamente sus puertas a la modernidad. (...) Consecuentemente con esta tradición histórica, el positivismo planteó el problema de la educación del hombre americano en los términos de su peculiar concepción del mundo: progreso material, industrial, organización y educación científica (Zea, 1978).

 

            Toda esta serie de ideas fueron subyugantes para un continente que vivía la más critica situación histórica que soñara jamás, la de la formación de los estados nacionales. De ahí que la filosofía comteana sirviera como cemento ideológico que uniera los diferentes sectores en pugna por el poder. A este respecto Óscar Terán, en Positivismo y Nación, apunta hacia la necesidad de unificar a los diversos grupos existentes en cada nación del continente en un objetivo común, “la mayor incorporación al mercado mundial así como las tareas de homogeneizar las estructuras sociales provenientes del período de enfrentamientos civiles posindependentistas y/o de los aportes inmigratorios, se relacionan en general mediante una centralización del Estado coincidente con la etapa de conformación del positivismo en la cultura latinoamericana”. Sin embargo, la incorporación a los mercados mundiales no seria fácil, pues con sólo hablar de los beneficios del positivismo no se podía hacer mucho, por lo que “Los dispositivos productores de saberes de las clases dominantes diagramaron un modelo nacional donde la instrucción pública, pero no sólo ella, trazaría el limite dentro del cual se asimilarían los sectores integrables al proyecto de nación moderna, en tanto que la variable coercitiva operaría aniquilando o expulsando del mismo a las fracciones pre o extracapitalistas”. El mismo Terán, apoyado en Gramsci, dice:

 

junto con el consenso espontáneo que las grandes masas de la población dan a la dirección impuesta a la vida social, por el grupo social dominante, surge igualmente el aparato de coerción estatal que asegura “legalmente" la disciplina de aquellos grupos que no “consienten” ni activa ni pasivamente. No obstante, consenso y coerción, saber y poder no deben ser concebidos como capas exteriormente superpuestas, sino como flujos fusionados que circulan con distintas intensidades por el conjunto de la sociedad (Terán, 1983).

 

            Aunque es preciso aclarar que si bien el positivismo sirvió como cohesionador de los diversos intereses de las fuerzas sociales dominantes en la conformación de los Estados Nacionales, seria ingenuo pensar que esta filosofía se desarrolló de manera uniforme en todo el continente, pues las condiciones socioeconómicas no fueron las mismas, además de que la realidad llamada imperialismo ensombrecía el supuesto orden y progreso que proponían los positivistas. Tal orden y tal progreso se convirtió solo en un discurso demagógico empleado por los políticos, quienes se enfrentaron con los colosos del norte a los que menos les interesaba el progreso de las naciones latinoamericanas, sino nada más el orden, para poder extraer sus riquezas y así la adhesión a la filosofía que aceptaba el factum como fatum, la doctrina que preponderaba sólo la razón como medio para alcanzar el pleno desarrollo se empezaba a resquebrajar, creando caos político en todas las naciones. A este respecto Agustín Álvarez en la Transformación de las razas en América opinaba que la borrachera de la razón pura era una de las causas centrales del maremagnum político.

            Sin embargo, los problemas que surgieron en América Latina, a finales del siglo XIX hasta la mitad del XX, no empañan lo que en la práctica fue positivismo latinoamericano. Así vemos cómo Gabino Barreda (1818-1881) desempeñó un papel decisivo en la estructuración de la enseñanza impartida por el Estado mexicano, lo mismo sucedió con la Escuela Normal Argentina, fundada en Paraná por Sarmiento en 1870. En esta escuela fue donde J. Alfredo Ferreira (1863-1935) dio impulso al aparato educativo de ese país; algo similar hizo en Uruguay José Pedro Varela (1845-1879) ; en Brasil fue todavía más fuerte la influencia del positivismo en la educación, aunque no sólo en ella en cuanto que esta filosofía se extendía a todos los órdenes del desarrollo modernizante de ese país; los representantes que marcaron el rumbo de Brasil se pueden encontrar en Miguel Lemos (1854-1916), Raymundo Teixeira Mendes (1855-1927), Benjamín Constant (1836-1891) y Luis Pereira Barreto (1840-1923); como ejemplo del éxito que ha tenido el positivismo en el país carioca se puede observar el lema inscrito en su bandera, en el que se proclama la necesidad de la eterna unión del orden y progreso.

            La versatilidad del positivismo latinoamericano será utilizada por los ideólogos del continente para justificar históricamente el desarrollo de sus pueblos y su transición por los tres estados comteanos. Por ejemplo en la Oración cívica, Barreda aplica la teoría de Comte a la historia mexicana, lo mismo intentará hacer José Ingenieros (1877-1925) en Argentina, incluso en su interpretación histórica, describe a su país como una nación mesiánica destinada a crear una hegemonía en el Cono Sur.

            Por todos los ejemplos anteriores se puede decir que el positivismo latinoamericano ha representado un papel fundamental en el desarrollo de los pueblos de América Latina, en donde debido a su versatilidad se utilizó para cubrir objetivos políticos y culturales no siempre benéficos para los pueblos latinoamericanos.

 

            Ardao, Arturo. Espiritualismo y positivismo en Uruguay, Universidad de la República, Montevideo, 1968. Barreda, Gabino, “Oración Cívica”, en Gabino Barreda estudios, UNAM, México, 1991. Terán, Óscar. América Latina, Positivismo y nación, Antología de América Latina, (t. 3) Ed. Katún, México, 1983. Zea, Leopoldo. El positivismo en México, nacimiento, apogeo y decadencia, FCE, México, 1978. Zea, Leopoldo. Pensamiento positivista latinoamericano, Biblioteca Ayacucho, Caracas, Venezuela, 1980.

 

(IPC)