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Del latín progressus, desarrollo de
un ser o de una actividad. Desarrollo de la civilización. José Ma. Luis Mora,
liberal mexicano (1794-1850) al tratar en su Revista política de las diversas
administraciones que la República Mexicana ha tenido hasta 1837”, se refiere
a la lucha entre lo que él llamaba el “progreso”
y el “retroceso”.
En
el “Programa de los principios políticos que en México ha profesado el
partido del progreso [fundado por
el propio Mora] y de la manera con que una sección de este partido pretendió
hacerlos valer en la Administración de 1833 a 1834” expone lo que, según su
criterio político y su ideología, debía entenderse por progreso:
1º.
Libertad absoluta de opiniones y supresión de las leyes represivas de la
prensa; 2º. Abolición de los privilegios del Clero y de la Milicia; 3º.
Supresión de las instituciones monásticas y de todas las leyes que atribuyen
al Clero el conocimiento de negocios civiles, como el contrato del matrimonio,
etc.; 4º. Reconocimiento, clasificación y consolidación de la deuda pública,
designación de fondos para pagar desde luego su renta y de hipotecas para
amortizarla más adelante; 5º. Medidas para hacer cesar y reparar la bancarrota
de la propiedad territorial, para aumentar el número de propietarios
territoriales, fomentar la circulación de este ramo de la riqueza pública, y
facilitar medios de subsistir y adelantar a las clases indigentes, sin ofender
ni tocar en nada el derecho de los particulares; 6º. Mejora del estado moral de
las clases populares, por la destrucción del monopolio del Clero en la educación
pública, por la difusión de los medios de aprender...; 7º. Abolición de la
pena capital para todos los delitos políticos y aquellos que no tuvieran el carácter
de un asesinato de hecho pensado; 8º. Garantía de la integridad del territorio
por la creación de colonias que tuvieran por base el idioma, usos y costumbres
mexicanas. Estos principios son los que constituyen en México el símbolo político de todos los hombres que profesan el progreso,
ardientes o moderados; sólo resta que hacer patente contra los hombres del retroceso la necesidad de
adoptarlos; y contra los moderados,
la de hacerlo por medidas prontas
y enérgicas, como se practicó
en 1833 (Obras Sueltas, p. 53).
A
finales del siglo XIX el filósofo y político positivista mexicano, Justo
Sierra, pasaba a referirse al “progreso”
en varios de sus discursos. Según su opinión un filósofo francés “(...)
había encontrado la fórmula más bella de la verdad. El hombre se llamaba
Condorcet; la fórmula: el progreso”.
Pasando a referirse a la circunstancia mexicana, Sierra afirmaba que la Escuela
Nacional Preparatoria significaba “una afirmación en medio de la duda de
todos”; estableciendo una relación entre el “progreso” y el orden, concluye, dirigiéndose a los alumnos
preparatorianos: “vosotros como el filósofo girondino (Condorcet) habláis de
las incontrastables leyes del orden y del progreso. Grande y sencillo es nuestro secreto: la ciencia”
(Sierra, 1977-V: 19). De acuerdo con sus palabras el “progreso” consistía en el desarrollo científico.
Al
interior de la idea de “progreso”
Sierra nos habla de un “progreso”
de tipo intelectual que se da en la “dinámica social” (influencia
spenceriana), advirtiendo que el “progreso”,
el adelanto científico, “es el producto de una gradual y refinada selección,
es la obra de un pequeño grupo de científicos que tienden a organizarse, a
vivir”. Advierte que en México el “progreso”
intelectual “no ha marchado el compás del progreso material”. (Intervención en la Cámara de Diputados el
24 de mayo de 1881. Publicado en el “Diario de los debates de la Cámara de
Diputados” en 1881) (Sierra, 1977-V: 55).
Sierra
establece la relación entre el “progreso
intelectual” y el “progreso
moral”. Se pregunta:
¿De
qué nos sirve el progreso intelectual sin el progreso moral?, ¿de que nos sirven nuestros portentos de mecánica,
sino habéis aumentado en el cáliz de la vida humana ni una sola gota de
concordia y de justicia? (...) Para mí la cuestión es premiosa y terrible; sé
bien que la ciencia no ha prometido la felicidad, sino la verdad; pero eso es
retirar el problema, no resolverlo, y por eso bendigo a la ciencia cada vez que
la veo como en el curso de los trabajos que hoy se clausuran, inclinarse ante la
miseria y la desgracia social, y buscar el remedio; ese es su aspecto divino y
consolador (Sierra, 1977-V: 197).
Al
referirse al “progreso”
material afirma que éste es base del económico y ellos, según Sierra,
conducirían a México a alcanzar el progreso
social.
Pasa
a referirse a lo que el llama “la pasión por el progreso”. “Esa es una pasión reflexiva, pero dominadora; es
la de los hombres en la plenitud de sus facultades, es la vuestra: la pasión de
remover en las sociedades los obstáculos a todo desenvolvimiento sano, la pasión
del progreso” (Sierra, 1977-V:
355).
El
filósofo mexicano Antonio Caso (1883-1946) define el “progreso” como “esfuerzo por la perfección”. Distinguiendo
la actividad humana física, la intelectual, la estética y la moral pasa a
analizar si en estos cuatro órdenes se ha dado el progreso. Según Caso el progreso
físico no existe: “Nuestros sentidos, nuestro vigor muscular, nuestro ego físico
y biológico es inferior a la recia individualidad de los primitivos” (Caso,
1985-X: 13).
El
progreso en el orden intelectual puede ser filosófico, científico y práctico.
Afirma que el “progreso”
científico y el industrial son indudables. En relación con el “progreso” filosófico se muestra “reticente”, “(...) mucho
más difícil de resolución es el punto de averiguar si existe realmente el
progreso filosófico; y es porque la Filosofía, a diferencia de las ciencias,
no tiene por objeto lo general, ...lo genérico, la uniformidad; sino lo
universal concreto, que sólo se puede investigar por intuición” (Caso,
1985-X: 15). Los discursos filosóficos son heterogéneos. A través del tiempo
se renuevan, vuelven a influir ciertas posiciones y teorías. “¿Qué prueba
esta heterogeneidad indiscutible; sobre todo, esta resurrección revolucionaria,
esto de innovar recordando el pasado, sino que el progreso filosófico no puede
afirmarse?” (Caso, 1985-X: 16).
Del
mismo modo afirma que “Por la índole... de la intuición estética... no es
posible el progreso en el arte”. El arte no puede ser progresivo, la razón de
ello se encuentra “en la esencia propia de la actividad estética” (Caso,
1985-X: 17).
En
cuanto el “progreso” moral, Caso se inclina a la idea de que “no parece
realizarse a medida que se desarrolla la humanidad (...) la parte propiamente
moral varía, no mejora. Hoy es tan malo el hombre como lo fue siempre”.
Concluye con una crítica a la “fe moderna en el progreso” que llega, según
su opinión, a convertirse en el “prejuicio del progreso” (Caso, 1985-X: 13
y 55).
Caso,
Antonio. Obras Completas, vol. X, pról. Margarita Vera Cuspinera, comp.
Rosa Krauze de Kolteniuk, México, UNAM, 1985, Coordinación de Humanidades,
Nueva Biblioteca Mexicana, 22. Mora, José Ma. Luis. Obras sueltas, 2 ed.
México, Porrúa, 1963; Obras Completas. Investigación y notas Lillian
Briseño S., Laura Solares R., Laura Suárez de la Torre. Pról. Eugenia Meyer,
México, SEP. 1986, Instituto de Investigaciones Dr. José Ma. Luis Mora.
Sierra, Justo. Obras Completas, vol. V, edición preparada por Manuel
Mestre Ghigliazza, revisión Agustín Yáñez, Coordinación de Humanidades
UNAM, Nueva Biblioteca Mexicana. México, 1977.
(Véase: Liberalismo,
Utilidad).
(CRG)
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