Biblioteca Virtual Latinoamericana

 Diccionario de Filosofía Latinoamericana

RAZA CÓSMICA.

  

 Significa una estirpe nueva, de síntesis, integral, definitiva, matriz, una quinta raza que funde o fusiona a todas las demás precedentes, al negro, al indio, al mongol y al blanco, hecha con el genio y con la sangre de todos los pueblos, más capaz de verdadera paternidad y de visión universal (...)” (Vasconcelos, 1948: 30). En Iberoamérica surgirá y consumará la unidad por el triunfo del amor fecundo y la superación de todos los divisionismos habidos a lo largo de la historia de la humanidad. “Los pueblos llamados latinos, por haber sido más fieles a su misión divina de América, son los llamados a consumarla. Y tal fidelidad al oculto designio es la garantía de nuestro triunfo” (Vasconcelos, 1948: 27).

            El término fue acuñado por José Vasconcelos (1882-1959) y desarrollado ampliamente en su obra La raza cósmica (1925) para designar la raza futura, como producto del mestizaje históricamente emprendido por los latinos, en actitud contraria a la de los sajones quienes han tratado de evitar mezclarse con otras para no perder su pureza. La pugna entre latinidad, representada por castellanos y portugueses, y sajonismo, formado por británicos y holandeses, conlleva dos concepciones antagónicas de instituciones, de propósitos y de ideales.

            Mientras las otras razas han pretendido ejercer y mantener una supremacía cada una en diferentes épocas de la humanidad explotando a las demás por diferentes medios, la cósmica mediante la educación y la cristiandad promoverá el amor y la armonía, generando así una fuerza vital que le dará una superioridad no lograda por ninguna otra estirpe hasta la fecha.

            Cada raza a lo largo de la historia ha cumplido su misión y su destino, después de lo cual ha desaparecido. Así sucedió con la Atlántida y actualmente, según el filósofo mexicano: “Los días de los blancos puros, los vencedores de hoy, están tan contados como lo estuvieron los de sus antecesores. Al cumplir su destino de mecanizar el mundo, ellos mismos han puesto, sin saberlo, las bases de un periodo nuevo, el periodo de la fusión y la mezcla de todos los pueblos” (Vasconcelos, 1948: 25).

            Según el maestro de América: para el logro del “fin ulterior de la historia”, fusión de todas las razas y culturas en una sola, misión divina de Iberoamérica, es necesario que no se copie al sajón, debe asimilarse y retornar adecuadamente los caracteres benéficos de todas las razas existentes, sin excluir ninguna, crear una nueva cultura basada en la armonía, el amor y la fraternidad, superar los antagonismos y afán de dominación, para llegar a la etapa del “mundo Uno”, el cual se ubicará en el trópico, lugar en donde se iniciaron las grandes civilizaciones y al que es necesario conquistar por medio de los recursos científicos. “La tierra de promisión estará entonces en la zona que hoy comprende el Brasil entero, más Colombia, Venezuela, Ecuador, parte de Perú, parte de Bolivia y la región superior de la Argentina” (Vasconcelos, 1948: 34).

 

Cerca del río Amazonas se levantará Universópolis, lugar de la raza cósmica, desde donde saldrán las predicaciones y escuadras y los aviones que propagarán las buenas nuevas. Sus aviones y ejércitos irán por todo el planeta educando a las gentes para su ingreso a la sabiduría. La vida fundada en el amor se expresará en forma de belleza. Pero si el Amazonas es conquistado por los sajones, entonces se fundara allí Anglotown, de allí saldrán las armadas guerreras para imponer en el mundo la ley severa del predominio del blanco de cabellos rubios y el exterminio de sus rivales oscuros (Vasconcelos, 1948: 35).

 

            Vasconcelos postula una Nueva ley de los tres estados, según ésta: la humanidad ha seguido un proceso gradual de superación: lo. El estado material o guerrero; 2o. Intelectuales o políticos, en el cual nos encontramos, y 3o. El espiritual o estético, correspondiente al de la raza cósmica.

            En el estado material los pueblos combaten o se juntan sin más ley que la violencia y el poderío relativo, el hombre se subordina a la necesidad, no hay elección, el fuerte toma o rechaza caprichosamente, así viven la horda y la tribu de todas las razas. En el estado intelectual o político tiende a prevalecer la razón a partir de la cual, artificiosamente, se aprovechan las ventajas conquistadas por medio de la fuerza y se establece una filosofía; todo imperialismo requiere de una filosofía y de una ciencia que lo justifique, la mezcla étnica obedece especialmente a las conveniencias éticas o políticas del momento, en nombre de la religión se imponen dogmas y tiranías. “La característica de este segundo período es la fe en la fórmula, por eso en todos sentidos no hace otra cosa que dar norma a la inteligencia, limite a la acción, fronteras a la patria y frenos al sentimiento. Regla, norma y tiranía, tal es la ley del segundo periodo en que estamos presos, y del cual es menester salir” (Vasconcelos, 1948: 39). En el estado espiritual o estético la conducta del hombre se guía por el sentimiento creador, el gusto y la belleza, ya no por la pobre razón que explica pero no descubre. “Las normas las dará la facultad suprema, la fantasía; es decir se vivirá sin norma, en un estado en que todo cuanto nace del sentimiento es un acierto. En vez de reglas, inspiración constante (...)” (Vasconcelos 1948: 39). En esta última etapa se vivirá el júbilo fundado en el amor.

            Para llegar al estado espiritual, dada la imperfección del hombre, es necesario pasar por los estados precedentes, para depurar los apetitos y los bajos instintos. Tan pronto como la educación y el bienestar se difundan, la unión de las parejas se hará en función de la simpatía, refinada por el sentido de la belleza, no de la necesidad ni de la racionalidad; serán uniones sinceras y apasionadas, fácilmente deshechas en caso de error, que producirán vástagos despejados y hermosos. La especie entera cambiará de tipo físico y de temperamento, predominará la belleza, prevalecerán los instintos superiores y los caracteres hermosos que hoy se encuentran dispersos en los distintos pueblos, desaparecerán la fealdad y los instintos inferiores. Las estirpes más feas cederán el paso a las más hermosas, producidas por el mestizaje.

 

Solamente la parte ibérica del continente dispone de los factores espirituales, raza y el territorio que son necesarios para la gran empresa de iniciar la era universal de la humanidad. Están allí todas las razas que han de ir dando su aporte (...) el indio que vio perecer la Atlántida, pero guarda un quieto misterio en la conciencia; tenemos todos los pueblos y todas las aptitudes, y sólo hace falta que el amor verdadero organice y ponga en marcha la ley de la historia (Vasconcelos, 1948: 51).

 

            La gente mestiza del continente iberoamericano, para quien la belleza es la razón mayor de toda cosa, tiene una fina sensibilidad estética y un amor de belleza profunda, ajenos a todo interés bastardo y libre de trabas formales, posee las características necesaria, aunadas a un esteticismo cristiano, para generar la raza futura.

            Las ideas de Vasconcelos sobre la nueva estirpe son expuestas apasionadamente en diferentes discursos, conferencias, escritos y documentos, anteriores y posteriores a la publicación de su obra a la que puso precisamente ese titulo. Así, al proponer el nuevo escudo de la Universidad Nacional de México, en sesión celebrada por el Consejo de Educación, siendo Rector de la Universidad, el 27 de abril de 1921, afirmó:

 

(...) se resuelve que el escudo de la Universidad Nacional consistirá en un mapa de América Latina con la leyenda ‘Por mi raza hablará el espíritu’; se significa en este lema la convicción de que la raza nuestra elaborará una cultura de tendencias nuevas, de esencia espiritual y libérrima. Sostendrán el escudo un águila y un cóndor apoyado todo en una alegoría de los volcanes y el nopal azteca (Vasconcelos, 1948: 777).

 

            Puede decirse que su preocupación por la unidad latinoamericana y el peligro de la dominación anglosajona, representada en nuestro continente por los EUA, fue una constante permanente en su pensamiento y en sus acciones, prueba de lo anterior puede encontrarse en sus numerosas conferencias y discursos pronunciados en diferentes países latinoamericanos.

            Es notoria, en ocasiones, la falta de rigor y sistematicidad en la obra de Vasconcelos, producto tal vez de su antiintelectualismo, espiritualismo y búsqueda de una expresión propia, auténtica y apasionada, por lo cual pueden identificarse ciertas ambigüedades en cuanto a la ubicación geográfica de la raza cósmica. En ocasiones la refiere a México; en otras a países diferentes, como Argentina o Brasil, aunque siempre la relaciona con naciones latinoamericanas o, como prefería llamarlas hispanoamericanas. Por otra parte, es también evidente su simpatía por las ideas de Simón Bolívar, especialmente aquellas relacionadas con la unidad de los países latinoamericanos.

            El tono profético y mesiánico, el acendrado idealismo y espiritualismo del discurso de Vasconcelos, han sido motivo de serias y acaloradas polémicas, en las cuales se ha llegado a negar el carácter filosófico de su pensamiento. Sin embargo, resulta una arbitrariedad ignorar o minusvalorar la importancia y trascendencia que tuvieron, y tienen, las ideas y obras de este filósofo en la educación y cultura de México y Latinoamérica en general, por lo cual se le ha denominado merecidamente: maestro de América.

 

            Fell, Claude. José Vasconcelos. Los años del águila (1920-1925). Educación, cultura e iberoamericanismo en el México posrevolucionario, UNAM, México, 1989. Vasconcelos, José. La raza cósmica, Espasa Calpe Mexicana, col. Austral núm. 802, 18a. reimp., México, 1995. Vasconcelos, José. Obras completas, Libreros Mexicanos Unidos, col. Laurel, t. II, México, 1958. Vera y Cuspinera, Margarita. El pensamiento filosófico de Vasconcelos, Extemporáneos, Col. Latinoamérica, México, 1979.

 

(MRG)