RITMO. Del latín rhythmus, y éste del griego rythmós, fluir. Grata y armoniosa combinación y sucesión de voces, cláusulas y pausas o cortes en el lenguaje poético o prosaico. Fig. Orden acompasado en la sucesión de las cosas.

            Desde los inicios de la filosofía se ha establecido que el ritmo es un elemento dentro de las leyes fundamentales del universo, que rigen tanto la fenomenología de la materia como del espíritu. Partiendo de las variaciones lógicas de contenido en cada época, el ritmo vendría a ser la única constante en el seno de la historia, lo que establece un cierto orden en el movimiento y evita que la dictadura de formas rígidas desgaste el idioma-motivo “que no triunfa opreso en la inercia de las formas hechas”, según apuntó Alfonso Reyes en sus Prolegómenos a la Teoría Literaria (Reyes, 1986: 29-30 y 214).

            Pitágoras trató de explicar el equilibrio mediante principios numérico-musicales patentes en la naturaleza. El sentido rítmico es lo que da la impresión más profunda de variantes, mediante el abandono interior que nos vuelve a la percepción primitiva o intuitiva, anterior al lenguaje. De este modo podemos concluir que el ritmo, como elemento preexistente a la palabra, se incubó en la euritmia eidético-emocional que experimentaron los seres humanos ante lo inexplicable. Surge así la poesía ligada a la música y a la danza, arte de la palabra que el tiempo desligará de éstas para conservar sólo el elemento musical del ritmo. Ritmo es pues movimiento acompasado, pero también indefinido; un dinamismo que rige la vida del espíritu, estético y no mecánico, cuyo fundamento numérico servirá para buscar el tiempo de lo real subjetivo en la dialéctica especial del sentimiento.

            Al enlazar los elementos del tiempo con los del espacio, a través de la contemplación estética se llega al ritmo ideal, el que comunica a la idea con la emoción que le dio origen para que a su vez comunique esa misma emoción al ánimo del escucha. Puesto que las ideas prevalecientes modifican el interés en los fenómenos sociales, su variación rítmica será eterna; y hablando de poesía, la belleza quedara condicionada a la coincidencia rítmica entre el movimiento real de las cosas ya acomodadas a lo interno, como aseguró José Vasconcelos en su ensayo sobre la teoría pitagórica y el movimiento.

            En términos de ritmo, la poesía mantuvo dos criterios: el cuantitativo o numérico por sílabas, y el acentual, mucho más intelectualizado, dado que el acento fue el triunfo de la razón estimativa de los pueblos al fijarse las lenguas vernáculas. La volubilidad extraña con que se fijaron estos criterios acentúales es lo que predomina hasta nuestros días bajo el nombre de ritmo libre. Hoy, las teorías cuantitativas del ritmo poético casi han sucumbido, pero se vuelve a ellas durante los periodos llamados helenísticos que, a decir de Rosario Castellanos, son épocas más bien estériles para el arte, cuyas tentativas miméticas sólo multiplican teorías y poco aportan a la creatividad.

            En este terreno libre la complicación formal se triplica. Por un lado, el artista obedece y es producto del movimiento que le impone su tiempo, pero también responde al ritmo interior que la vida le imprime a su emoción; por último, ambos principios deben enlazarse con la armonía estética. El arte menor se consume en la lucha entre forma y fondo, y sólo el mayor, en la mente de un poeta revolucionario, consigue conjurar los tres principios que lo hacen portavoz de y testigo de su acontecer global. Conviene precisar que los ritmos empleados en las distintas corrientes poéticas pretendieron disponer el ánimo público con la emoción original: los románticos son ritmos exacerbados y yuxtapuestos, elevadores del tema humano; los helenísticos son pares, masculinos y fríos, hechos más para deleitar el oído, como en la época latina decadente cuando aparece la rima dirigida a excitar la memoria de las clases incultas, objetivo inmediato de la Iglesia. Más tarde, a partir del siglo XVI, los culteranos rescatan la rima para exaltar la belleza. En México, sólo Sor Juana logró concretar en el ritmo ultrabarroco, oscuro y difícil, el de la emoción estética con el saber científico, base de la técnica moderna del ensayo, la novela actual y la poesía libre.

            Los ritmos importados comenzaron a romperse en Hispanoamérica con la poesía de Díaz Mirón, quien también abatió las repeticiones consonánticas e introdujo como elementos de un ritmo nuevo la disonancia y la heterotonía, planteados técnicamente por G. Kahn y Jules Laforgue en Francia. Seguidores del versolibrismo fueron González Rojo (Estudio en cristal, Darío y Gorostiza (Muerte sin fin), entre otros autores cercanos al concepto de la deshumanización del arte tratado por Ortega y Gasset, cuando la inteligencia conceptual y alejada del facilismo parecía obra inhumana. Lo cierto es que los ritmos actuales y su estructura apelan a la comprensión de un lector inteligente y preparado, y así la poesía y el arte culto en general tienden a la impopularidad. Este desacuerdo aparente entre forma, fondo y comunicabilidad, según los expertos, ha de resolverse mediante el arte ilimitado. Ante este problema, la Filosofía, como madre de la Estética, tendrá que exponer sus temas de manera orquestal e interdisciplinaria, no como canon, sino como factor exponencial de la unidad en la variedad fenomenológica de Latinoamérica.

 

            During, Ingemar. Aristóteles: exposición e interpretación de su pensamiento, UNAM, México, 1987. Méndez Plancarte, Alfonso. Díaz Mirón, poeta y artífice. José Porrúa, México, 1954. Ramos, Samuel. Filosofía de la vida artística, Espasa-Calpe, Madrid, 2a ed., 1955. Vasconcelos, José. Una teoría del ritmo, el monismo estético, Jomar, México, 1986. Reyes, Alfonso. Obras completas, t. XV, Fondo de Cultura Económica, México, Col. Letras Modernas, 1980. Xirau, Ramón. Poesía iberoamericana Contemporánea, SEP-Diana, México, 1979.

 

            (Véase: Estética, Poética, Verso libre).

 

(GEG)