UTOPÍA Y ANARQUISMO MEXICANO. La reflexión sobre tal concepto no es reciente en Latinoamérica; como un antecedente histórico podría citarse a Ricardo Flores Magón, quien hace un esfuerzo teórico por definir y justificar la utopía.

            Puede decirse que constantemente, tal autor rechaza identificar el término utopía como “sueño irrealizable”, en el sentido de imposibilidad; en ella cabe la posibilidad.

            Curiosamente, tal denotación (imposibilidad) es entendida en nuestros días como un primer nivel en estudios sobre utopía y éste debe entenderse en su sentido “popular” o “cotidiano”: “lo imposible” (Cerutti, 1992: 121). Para este filósofo latinoamericanista, utopía en el enfoque cotidiano significa lo que no tiene posibilidad; “sueño irrealizable” diría el primero, concibiendo un sentido negativo; el lado positivo es lo posible: utopía = posibilidad. Así, Flores Magón se coloca en lo que Cerutti admite como el tercer nivel: el epistemológico (1992), es decir, la utopía tiene aspectos realizables, “cuando los sueños tratan de hacerse realidad y actúan en la historia” (Cerutti, 1992: 92).

            Flores Magón ahonda en ese primer nivel y matiza al rechazar utopía como “ingenuidad”, y mucho menos acepta la exacerbada actitud de tildarla de “locura”. De tal modo, para este pensador anarquista es inaceptable lo mordaz y extremoso de lo “popular” o cotidiano: “lunaticidad”, “ingenuidad”, “locura” y otros. La entiende como sueño (en el sentido de aspiración), mas no “sueño irrealizable”, no mera ilusión. Ahora, en el nivel epistemológico, la utopía puede aceptarse como “sueño”; pero sueño posible de realizarse. La utopía es caminar en corto hacia adelante, en sentido de avance y no sin obstáculos. Rechazando la connotación negativa y/o peyorativa, Flores Magón afirma en 1911:

 

“¡Utopía!”, gritan los malvados. “Sueño irrealizable”, dicen los (...) que tienen miedo a lo desconocido. Ni utopía ni sueño irrealizable. Cada vez que los progresistas quieren dar un paso adelante, los rezagados, los timoratos, los que necesitan sentir los codos de los demás y los que tienen interés en que no cambien las condiciones sociales y políticas existentes, lanzan ese grito fatídico: “¡Utopía!” (Flores Magón, 1911: 36).

 

            En suma: Flores Magón planteó, casualmente, nivel cotidiano y epistemológico. Curiosamente, también podemos ubicarlo en el segundo nivel, al que Cerutti denomina: “género utópico o literario” (1992: 92). Flores Magón, como autor de cuentos, piezas de teatro y poesía, en sus obras plasmó el segundo nivel que patentiza Cerutti. Llega a concebir su “Ciudad de la Paz”, es decir, un lugar imaginario distinto y como alternativa a la realidad de ese entonces: “...esta maravillosa comunidad (...) ni una prisión, ni una casa de tribunal, ni el edificio del capital ofenden la suave y tranquila belleza de la ciudad de la paz. Es la ciudad sin pecado ni virtud (...) no hay significado para las palabras amo y esclavo, caridad y piedad, autoridad y obediencia...” (1922: 213-214). Así, los tres niveles se manifiestan y conjugan en el pensamiento anarquista mexicano. Tal pensador es el adalid del movimiento de la Revolución Mexicana de 1910 y de su utopía: “Tierra y Libertad”. De tal modo, para Flores Magón, utopía es posibilidad de realización del ideal, pero de un ideal que florece de situaciones reales y concretas, está conformado de aspiraciones legítimas; por tanto, el ideal contiene lo real que se concretizará; pero también está consciente que ningún “simiente-ideal” o utopía se concretiza al cien por ciento.

            Para Flores Magón, la utopía puede ser variada: religiosa, científica, tecnológica, social, etcétera; le son inherentes y necesarias al ser humano y él mismo es quien las va concretizando para “avanzar”. Pero dentro de las utopías, las que buscan una sociedad menos injusta para el bienestar y la libertad del hombre son las más plausibles, ya que son las que hacen (y harán) “progresar” a la humanidad, pues los hombres concretos podrán desarrollar más sus potencialidades físicas e intelectuales en un medio menos desfavorable. Redondeando: “la simiente-ideal” es lo que “impulsa” al mundo; de ahí que exista la necesidad de la utopía, pues viene a ser la “fuerza motriz” que echa a andar o hace “caminar” a la sociedad humana y en beneficio de la humanidad. De tal modo, la utopía es inherente al ser humano como parte de su ser (ontológicamente hablando), y es necesaria para su propio desenvolvimiento histórico-social; de ahí que sea una necesidad no-ficticia, sino “real”. De ahí que lo inherente y lo necesario de lo utópico no se pueda relegar o prescindir porque entonces: “habría que renunciar a todo progreso; sería mejor renunciar a esperanza de justicia y de grandeza en la humanidad si siquiera en el espacio de un siglo dejase de contar la familia humana” con la utopía y “entre sus miembros con algunos ilusos, utopistas y soñadores” (1910: 89).

            La utopía representa una aspiración fuertemente sentida que surge de las circunstancias reales insoportables, intolerantes y que no se pueden sobrellevar por siempre; entonces, paulatinamente, la “cimiento-ideal” toma cuerpo y se vuelve representativa, se torna conciencia y orienta como la brújula al barco; así, la utopía es “la idea directora” (1910: 136).

 

            Cerutti, Horacio. “Presagio y Tópicas del descubrimiento”, en Realidad y utopía en América y el Caribe, UNAM-ENP, México, 1992. Aguirre B., Gonzalo. “Los utopistas”, en Antología, UNAM, México, 1972, pp. 20-21. Flores Magón, Ricardo. Artículos políticos 1910, Antorcha, México, 1983. Flores Magón, Ricardo. Epistolario revolucionario e íntimo, Antorcha, México, 1983. Flores Magón, Ricardo. Artículos políticos de 1911, Antorcha, México, 1986.

 

            (Véase: Anarquismo, Antiutopía, Dignificación, Egoísmo consciente, Utopista y anarquismo mexicano).

 

(IOC)