UTOPISTA Y ANARQUISMO MEXICANO. Todo parece indicar que la única doctrina que ha definido al utopista es el anarquismo mexicano: se trata de un soñador o idealista” (con cualidades morales que lo distinguen: amor a la humanidad, espíritu de sacrificio, rebeldía justificada, honestidad...); es el sujeto que buscará distinguir y aprehender aspiraciones legítimas del ser humano y para el ser humano, buscando concretizarlas. Encarna la utopía. El utopista es un sembrador de ideales y su consecutor.

            Probablemente inspirado en la parábola bíblica de “El sembrador” (Mateo cap. 13), concibe al utopista como una especie de labrador. Establece una analogía: el agricultor pone los granos en la tierra para cosechar nuevos frutos; el utopista es un “sembrador de ideales”, sus ideas son las semillas que germinarán y posiblemente den buenos frutos. No obstante, entre campesino y utopista hay muchas diferencias aunque los dos “siembren”; en última instancia, las “torturas” del “sembrador de la tierra” y, en lo referente a las satisfacciones, del utopista son menores en cuanto a sus resultados, pues no siempre “cosecha” lo que siembra y desea, además de que enfrenta situaciones más difíciles y respuestas ingratas: “la tierra recibe con cariño. El cerebro de las masas humanas rehúsa recibir los ideales que en él pone el sembrador” (Flores Magón, 1910: 18).

            El tiempo y la manera de trabajar es la diferencia entre el campesino y el utopista: hay que sembrar aunque el terreno no sea adecuado: no hay noche solaz ni estación apropiada para su siembra; todas las tierras merecen sus atenciones y trabajos. Sembrar en primavera como en invierno; en el día como en la noche; en todos los climas, “bajo todos los cielos y cualquiera que pueda ser la calidad del cerebro, sin tener en cuenta el tiempo. Lejos y cerca, aquí y allá... en suelo fértil o en terreno árido” (Flores Magón, 1922: 127).

            Para el campesino, la maleza con que encuentra plagada la tierra antes de echar la semilla es un problema y después el yerbajo. Para el utopista, las malezas están representadas por los “viejos ideales”, costumbres, prejuicios, instituciones... que no es fácil “arrancar” por estar tan enraizados, incluso, tales raíces se han entrelazado y se vuelven más resistentes y por lo mismo la tarea de “desyerbar” o de “desenraizar” la “mala yerba” es más difícil y no sin riesgo de “hacer sufrir al paciente”. No obstante, no le queda otra alternativa más que seguir sembrando: “aunque el rayo truene en las alturas, en donde residen los árbitros de los destinos humanos” (Flores Magón, 1922: 126); es decir, a pesar de los hombres que están en el poder y de la plutocracia del mundo, que son los que deciden (y han decidido desde siempre) el destino de la mayor parte de la humanidad.

            El utopista no detiene su labor: camina hacia “un futuro que mira con los ojos de su mente. (...)”. Previsión. La utopía implica un ver más allá; es de algún modo “insertarse” en el futuro sin olvidarse del presente. Se trata, como señala Mario Magallón: “de una propuesta puenteada entre la historia pasada y el futuro, a partir del presente” (Magallón, 1991: 88). Es por ello que él es un “modelador del futuro (...)” y va en su consecución para concretizarlo, ésta ha sido su tarea desde tiempo inmemorial: “siembra la semilla que hace avanzar a la humanidad, aunque con grandes tropiezos, hacia ese futuro que él ve con los ojos de su mente” (Flores Magón, 1910: 127).

            La utopía y el utopista juegan un papel fundamental en la historia, pues son “la verdadera fuerza dinámica que impulsa al mundo hacia adelante: Suprime al soñador y la tierra se hundirá en el más espantoso abismo de la barbarie. Lo que se llama civilización, ¿qué es sino el resultado de los esfuerzos de los utopistas? (Flores Magón, 1910: 20).

            El utopista es adalid y juega un papel importante. Representa la conciencia de su época, canalizándola hacia nuevos horizontes como alternativa: “son los propulsores de todo movimiento de avance, los videntes que han señalado a las masas ciegas derroteros luminosos que conducen a cimas gloriosas” (Flores Magón, 1910: 20). Al fin producto de su época, tenía una fe ciega en el progreso. No se cuestiona el progreso sino al capitalismo como sistema político-económico-social; aunque había coadyuvado al progreso material ya no era justificable y perdía legitimidad, y era así porque el capitalismo y sus instituciones negaban a una mayor parte de la humanidad bienestar y, por ende, felicidad en la tierra. La utopía es progreso; el utopista es un progresista. Además, utopía significa rebeldía ante la situación desesperante; el utopista es un rebelde que con su actitud evita estancamiento y rezago: “Luzbel, rebelde, es más digno que el esbirro Gabriel, sumiso (...) ¡Indisciplina y rebeldía!, bellas flores (...)” (Flores Magón, 1910: 8).

            El utopista generalmente ha pagado un precio alto y de eso habrá que estar consciente; la utopía para cristalizarse requiere sacrificio, y éste implica desprecio, miseria, si no es que la muerte misma. Su sino “es la injusticia, y sus hermanos han tenido siempre dispuesta para él, desde la noche de los tiempos, la cicuta, la cruz, el destierro, el patíbulo y la ergástula” (Flores Magón, 1921: 45).

            Flores Magón, Ricardo. “Sembrando”, “Los utopistas”, en Antología, UNAM, México, 1972, pp. 18-21. Flores Magón, Ricardo. “Carta a Helen White”, en Ricardo Flores Magón, México, Editores Mexicanos Unidos, 1976, p. 146. Mario Magallón. “Filosofía y Utopía en América Latina”, en La utopía en América, CCYDEL-UNAM, México, 1991, pp. 87-96.

 

            (Véase: Anarquismo, Antiutopía, Dignificación, Egoísmo consciente, Utopía, Utopía y anarquismo mexicano).

 

(IOC)