VERSO LIBRE. Los moldes poéticos clásicos conformados por mediciones silábicas fijas, acentos dominantes y temas preestablecidos –más las reglas combinatorias de los elementos anteriores –han sufrido transformaciones a lo largo de distintos períodos históricos dentro del curso de la civilización occidental. Al alejamiento consciente de estas constantes clásicas, que dio origen a la creación de nuevas formas expresivas, en prosa o en verso, se le conoce como verso libre.

            Aunque el término se acuñó a partir de los estudios lingüísticos realizados por G. Kahn y Jules Laforgue, pueden encontrarse antecedentes desde el siglo XVI, cuando se fija la lengua castellana y la rima es utilizada como auxiliar mnemotécnico en textos religiosos durante un período decadentista. Desde entonces los estudiosos descubren que la repetición del asonante, declinación natural en nuestra lengua, resultaba en textos ecolálicos y monótonos, debido a la reiteración insistente de sonidos, que además rompen con el ritmo interno del poema. La base de esta teoría se encuentra en los modelos griegos que aconsejan la unidad en la variedad como obvio factor de belleza. Paralelo a estas consideraciones sonoras, la fijación métrica clásica se desarrolló junto a otra tendencia de versificación oscilante, también llamada irregular, que desde el siglo XIII se incorpora a través de la poesía popular para integrarse después a la culta.

            En el siglo XIX, Andrés Bello fue el primero en advertir sobre los extremos de la variedad rítmica (de la rima), respecto a las vocales acentuadas y sus diferentes combinaciones en el verso. En su obra Principios de la ortología y la métrica, sugirió la conveniencia en la variación de las mismas –cinco en el idioma español–, e introdujo el termino “disonancia” en oposición a las ya conocidas rimas asonante y consonante, de las que aseguró “producen desagrado al oído cuando se extienden más allá de lo indispensable” (Bello, 1955). Pero es hasta Kahn y Laforgue cuando estas apreciaciones adquieren la forma de una nueva poética donde descansará el tratamiento de nuevos temas y conexiones emotivas, emergentes en la época de las Vanguardias. El replanteamiento filosófico a la luz de aquella sociedad, inmersa en el avance científico y tecnológico, conmovió la conciencia universal, y por ende, la expresión artística. El planeta se dividía y con él sus regiones.

            Desde la perspectiva histórica, la variedad en los moldes poéticos exhibe siempre el apartamiento de convencionalismos, la rutina y la fuerza de la costumbre, convertidos en rituales técnicos impuestos y aceptados durante el período inmediato, aunque esta variedad no es caprichosa. A través de los últimos estudios sobre filosofía del lenguaje, musicoterapia y psiquiatría, sabemos que la fácil sugestibilidad o la carencia de dominio intelectual generan la ecolalia: reiteración que abarca sonidos –sobre todo rimas–, palabras y a veces su entonación, así como la repetición temática. Según Leo Spitzer “este fenómeno es frecuente en la idiocia, la senilidad y la debilidad mental” (Spitzer, 1952). En el niño, la construcción de rimas corresponde a una etapa más dentro del desarrollo del lenguaje, conforme el individuo crece se aparta de las respuestas condicionadas sólo por el sonido y acude a otras relaciones más complejas, de orden gramatical y semántico. Rima, entonces, es previsión y memoria, mientras que la ausencia de éstas despierta la atención cerebral orientándola hacia una profunda concentración reflexiva. No es de extrañar que la nueva poesía, con su técnica impopular, fuera calificada por Ortega y Gasset como “deshumanizada”. La abolición de la lírica personal y la desconfianza en el facilismo expresivo comenzaron a crear un arte para especialistas.

            Los hechos que se precipitaron durante los años de las dos Guerras Mundiales fracturaron la conciencia que se tenía del mundo. Éste ya no era un cosmos cerrado y por ende los géneros también perdieron su estructura cerrada y los deslindes nítidos.

            Hispanoamérica conquista, durante las Vanguardias, su propia filosofía e incorpora problemática y lenguaje. La poesía abandonó la fácil sensibilidad neorromántica y avanzó sobre esquemas abstractos que condujeron al planteamiento de una nueva antropología filosófica, además de que el equilibrio entre forma y contenido impuso a los escritores la búsqueda de un ritmo (véase) esencial. En México el revolucionario formal es Díaz Mirón, quien en Lascas pone a prueba la herencia de la variedad sonora a través de la heterotonía, cuyo único antecedente fue Quevedo. Por el mismo camino y con más o menos variantes sobre el versolibrismo continuaron Darío, González Rojo, Villaurrutia, Gorostiza, César Vallejo y Neruda, a partir de Residencia. Los metros importados cayeron en desuso y el gusto popular aceptó las nuevas fórmulas hispanoamericanas, donde el impulso lírico mayor salvaba semejante dificultad técnico-conceptual. Ahora, el continente americano exportaba sus productos a Europa.

            Hoy se confunde el verso libre con la lírica desbordada. Ezra Pound, el mejor exponente de este género en lengua inglesa, aseguró que el verso libre “es el menos libre de todos los versos”, aduciendo al alto grado de dificultad que supone el dominio clásico, para evitarlo en cualquiera de sus formas.

 

            Anderson Imbert, Enrique. Historia de la literatura hispanoamericana, tomos I y II, Fondo de Cultura Económica, México, 1974. Bello, Andrés. Estudios filológicos, t. 1, Ministerio de educación, Caracas, 1955. Caldera, Rafael. Andrés Bello. Su vida, su obra y su pensamiento, Atalaya, Buenos Aires, 1946. Menéndez y Pelayo, Marcelino. Historia de las ideas estéticas en España, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Santander, 1947. Spitzer, Leo. La interpretación lingüística de las obras literarias, Instituto de Filología, Buenos Aires, 1952. Pound, Ezra. El arte de la poesía, Joaquín Mortiz, México, 1986.

 

            (Véase: Estética, Poética, Ritmo).

 

(GEG)